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FRAGMENTO DE LA CARTA SUICIDA DE LAURA MARX


El 26 de noviembre de 1911, teniendo respectivamente 69 y 66 años, se suicidaban Paul y Laura Lafargue en su casa de Draveil, cerca de París. Lo hicieron de forma meditada y planificada cuando consideraron que no les quedaba mucho por hacer, que habían desaparecido sus seres más queridos y que habían entrado en una vejez indeseada. 

Aquí les dejamos un fragmento de la carta de Laura, donde sopesa todas las conclusiones que les han llevado a quitarse la vida por suicidio. Recordemos que tanto el cubano Pablo, al que llamaban Paul, y Laura con sus entonces dos hijos, Etienne de dos años y Edgar de seis meses, emprendieron desde Burdeos la huida hacia los Pirineos con la intención de pasar a España.

Primero se establecieron en junio y julio de 1871 en el lado francés, en Bagnères-de-Luchon, para cuidar al pequeño Edgar, que había enfermado y que allí falleció. Ya habían perdido otro bebé al poco de nacer mientras vivían en Paris. Avisados de la llegada de un batallón de la gendarmería precipitadamente pasaron al lado español por el Valle de Aran.

En la correspondencia de Paul y Laura con Londres dan también informaciones del delicado estado de salud de su hijo Etienne quien fallecería el 2 de julio de 1872. Este triste desenlace aceleró la marcha de los padres cuya tarea política en España ya habían dado por concluida. Enterraron al nieto de Marx en el Cementerio General del Sur (viii), en la Puerta de Toledo, que era conocido como el “cementerio de los ajusticiados”. En fin un calvario

FRAGMENTO...
 
"Llevamos muchos años viviendo tranquilamente en nuestra casa de Draveil, que compramos con la herencia del General. Nos han visitado cientos de amigos, especialmente miembros de partidos socialistas de todo el mundo. El año pasado, por ejemplo, estuvieron aquí los rusos Vladímir Lenin y Nadeshda Krúpskaya, que llegaron en bicicleta. 

Tomaron el té con nosotros; Paul habló con él sobre filosofía y yo paseé con ella por el jardín. En este momento, Paul con sesenta y nueve años y yo con sesenta y seis, habiendo agotado las rentas que nos quedaban de lo que nos legó Engels y de la herencia de los padres de Paul, sin hijos —ya que todos murieron en la primera niñez— y sintiendo cómo nuestros cuerpos van envejeciendo y sufriendo cada vez más enfermedades, ha llegado el momento de la liberación final.

¿Qué sentido tiene la vida cuando ya no hay nada por lo que vivir, cuando la vejez impone su ley? Mi hermana Eleonor se suicidó por desesperación, en un arrebato, por dolor ante las traiciones procedentes de Aveling. Sin embargo, Paul y yo vamos a acabar con nuestras vidas con toda la placidez del mundo, después de una larga deliberación y habiéndolo pensado mucho.

El cianuro será el veneno liberador, pero, para evitar la más mínima agonía —que sin duda sufrió mi hermana durante unos minutos—, nos inyectaremos la sustancia en lugar de beberla, para que la muerte sea más rápida. Me contaron que un fuerte aroma a almendras amargas impregnaba el aire de la habitación en que mi hermana se suicidó. Imagino que quien nos descubra muertos mañana percibirá el mismo olor.

Panteón del cementerio Pere-Lachaise donde están sepultados.

NOTA: 

Antes habían ido al cine y a cenar y Paul escribió una nota para el jardinero con instrucciones de que repartiera diferentes cantidades de dinero y de objetos con otros empleados de la casa e incluso pidió que recogieran al perro y lo trataran bien.

Y en una nota a su sobrino explicaba: Sano de cuerpo y de espíritu, me mato antes de que la implacable vejez, que me roba uno a uno los placeres y alegrías de la existencia y que me despoja de mis facultades físicas e intelectuales, paralice mi energía y rompa la voluntad y me convierta en una carga para mí y los demás.

El 3 de diciembre de 1911, Paul y Laura fueron incinerados en el cementerio del Pere-Lachaise en presencia de una multitud y de importantes personajes del socialismo francés como Vaillant, Guesde y Jaurès, o internacionales como el alemán Kaustsky o los rusos Alejandra Kollontaï y Lenin. Éste y su mujer Nadezhda Krupskaya eran amigos del matrimonio Lafargue y el futuro jefe de la revolución rusa fue uno de los oradores, e hizo un gran elogio de la figura de Paul Lafargue.