Incluso un historiador como Manuel Moreno Fraginals, principal estudioso de la plantación esclavista, negó expresamente la existencia de familias sobre la base del índice de masculinidad de los ingenios y cafetales, a los que consideraba unidades cerradas y aisladas del contexto circundante.
Sin embargo, una vez alcanzaba el cimarronaje la cosa cambiaba. Tal fue el caso de una de las esclavas que llegó no solo a cabeza de familia, sino jefa de Palenque.
La historia - algo confusa - de la Madre Melchora nos brinda una pista del papel jugado por aquellas mujeres como jefas de palenques o cuadrillas, y evidencia que en algunos casos las mujeres tenían una fuerte influencia dentro de las comunidades cimarronas, tanto en Cuba como en el resto de las colonias americanas.
Según Thomson existieron jefas que alcanzaron notoriedad, entre ellas Romaine "La Profetisa", Marie Jeanne y Henriette Saint-Marc, en Haiti; en Jamaica Nanny Town, de gran ascendencia dentro de las luchas de los esclavos en esa isla; en Estados Unidos de Norteamérica, Sarah o en Brasil Zeferina.
En Cuba, específicamente en la región de Vuelta abajo, resultó emblemático el caso de la jefa de cimarrones Madre Melchora, quien alcanzó notoriedad en la primera mitad del siglo XIX. Su actividad al frente de un palenque fue reportada por primera vez en el diario del capitán de rancheadores Francisco Estévez, en el mes de octubre de 1838.
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En la documentación consultada sobre la presencia de cimarrones en dicha región, aparece otro ejemplo en que una esclava haya sido cabeza de una cuadrilla de cimarrones.
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Después de la publicaci6n del diario de Estévez, algunos investigadores han considerado a la Madre Melchora como una leyenda -resultado de la imaginaci6n popular- criterio no compartido por los autores.
Las mujeres cimarronas fueron enérgicas en su condición de evadidas, aun cuando incluso desafiaban la costumbre africana que imponía la condici6n masculina por encima de todo, sometiéndola a sus antojos.
En su primer reporte, Estévez relata haber localizado en las cabezadas del río Santa Cruz, actual municipio de San Cristóbal, provincia cubana de Artemisa, la cuadrilla de la Madre Melchora compuesta de unos cuarenta cimarrones. (Para el que no lo sepa, cimarrón significa esclavo fugado de la dotación).
En el enfrentamiento sostenido con sus integrantes solo lograron malherir a tres individuos, el resto logró escapar por haberse descubierto a tiempo su presencia.
A partir de este primer reporte, en el diario de Estévez aparecen con frecuencia otros con presencia de la Madre Melchora y su cuadrilla, que para ese momento se había convertido en una obsesión la captura de aquella valerosa cimarrona.
El trece de noviembre de 1838 se indica su posible presencia en la cuenca superior del río San Francisco, municipio de San Crist6bal. Una fracción de la partida de Estévez localizó a la cuadrilla de Melchora en los farallones de la Faranda, elevaciones situadas en la vertiente este de la mencionada cuenca.
De este encuentro resultó muerto uno de los cimarrones. En la continuidad de su incesante persecución, Estévez capturó un cimarrón en el río Taco Taco el quince de diciembre de 1838, quien le informó estar cerca del palenque de la Madre Melchora, compuesto en ese momento por treinta y seis cimarrones.
Al siguiente día decidieron atacar el enclave rebelde, el que encontraron vacío por estar avisados sus integrantes. Ese mismo día, en el sitio conocido como la Fuente de Perla Blanca, fueron capturados dos cimarrones.
En su confesión, declararon que la mayoría de los palenques estaban situados más al occidente, y el que de la Madre Melchora operaba en la zona de las cabezadas del río Santa Cruz.
Esta confesión del cimarrón le concedió mayor relevancia a Estévez sobre la valentía de esta jefa, al tratarse de una región muy controlada por el aparato represivo de los hacendados por su proximidad a las haciendas cafetaleras e ingenios.
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| Esclavos en situación de cimarronaje |
La partida de Estévez capturó el seis de febrero de 1839 a dos cimarrones refugiados en una antigua ranchería en la zona de Rangel, cuenca superior del rio Taco Taco, municipio de San Cristóbal.
Uno de ellos auxiliaba a un cimarrón por indicaciones de la Madre Melchora, pues se encontraba herido de bala en encuentros anteriores.
El hecho muestra el lado sensible y la responsabilidad de esta jefa por los integrantes de su cuadrilla. Tras este encuentro, la partida de rancheadores continuó la persecución hasta que el día diez de febrero.
Llegaron hasta el Mogote del Mono, destacada elevaci6n situada a un lado del camino de Rangel al noroeste del actual poblado de Santa Cruz de los Pinos, y allí localizaron la cuadrilla de la Madre Melchora.
En esos momentos sus integrantes estaban levantando una nueva ranchería, hallándose desparramados en busca de guano y yaguas para cubrir los ranchos, hecho que impidió la sorpresa. No obstante los rancheadores capturaron a tres de sus miembros.
Todo parece indicar que el persistente acoso de la partida de Estévez, tras la cuadrilla capitaneada por la Madre Melchora surtió efecto después del encuentro en el Mogote del Mono, pues no se supo más de la legendaria cimarrona que no pudo ser capturada, a juzgar por la documentación existente y consultada.
En octubre de 1839 un cimarrón capturado declaraba que debido al constante acoso, las cuadrillas de cimarrones habían decidido refugiarse más al occidente, hacia la sierra de los Órganos, lo cual hace posible el posible desplazamiento de Melchora hacia esa zona.
Resulta sintomático que en noviembre de 1839, un mes después del traslado de las cuadrilla de cimarrones más al occidente, una partida de rancheadores comandada por Estanislao Ribera atacó un palenque en el Pan de Azúcar.
Un hecho de esta naturaleza, ocurrió en el mes de noviembre de 1839, al ser capturada la cimarrona Petrona Conga. Ocurrieron cuando el capitan de rancheadores Estanislao Ribera detectó huellas de cimarrones.
Al percatarse de la presencia de los rancheadores, tomaron la decisión de evacuar la posición, a lo que respondieron los perseguidores con algunos disparos de advertencia. De inmediato emprendieron una carrera en su persecución y, al llegar a un despeñadero, lograron darle captura a una de las cimarronas nombrada Petrona Conga, mientras el resto logró escapar.
En compañía de sus hombres se precipitó tras ellos hasta localizar la ranchería en el centro de la sierra de Viñales, a la cual ascendieron desde la zona del Pan de Azúcar. El primer contacto con los rebeldes ocurrió a la entrada del palenque, donde estaban apostadas las mujeres que servían de vigías.
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| Uno de aquellos palenques en la zona de viñales, en Pinar del Río. |
Al percatarse de la presencia de los rancheadores, tomaron la decisión de evacuar la posición, a lo que respondieron los perseguidores con algunos disparos de advertencia. De inmediato emprendieron una carrera en su persecución y, al llegar a un despeñadero, lograron darle captura a una de las cimarronas nombrada Petrona Conga, mientras el resto logró escapar.
Con Petrona prisionera, los rancheadores volvieron a la ranchería para interrogarla. En su información esta esclava dijo que eran en total dieciocho personas, entre ellas quince hombres y tres mujeres, que en el momento del asalto la mayoría de los hombres habían bajado de la sierra a buscar carne de cerdo y de res, por lo que en la ranchería solo habían quedado tres mujeres y dos hombres.
En su testimonio abundó diciendo que los de la ranchería tenían, además, el prop6sito de ir al cafetal Siberia, de Pascual Pluma, en la zona de San Jose de Manantiales (Soroa), actual municipio Candelaria, a buscar mis negros y provisiones. Otro objetivo del grupo de cimarrones, una vez consolidados, era ubicar las casas de interés para saquearlas.
El dieciséis de diciembre de 1839, en la corcel de la ciudad de Pinar del Río, Petrona fue sometida a un nuevo interrogatorio. Era Africana y casada, perteneciente a la dotación del cafetal "Siberia", propiedad de don Carlos Kessel, que se encontraba situado en la zona de San Jose de Manantiales.
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Uno de los más experimentados rancheadores llegó a ser general de la guerra de independencia. Pedro Agustín "periquito" Pérez, sobrino de Miguel - jefe de la escuadra de voluntarios pro española "Santa Catalina" - sin embargo fue captado por el brigadier Silverio del Prado. Jugó un papel clave en la invasión norteamericana de 1898.
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La historia de esta esclava resulta muy interesante para comprender como estas mujeres se convertían, o eran convertidas en cimarronas. En 1838, al oscurecer de un día, después de haber concluido la jornada de trabajo regresó a su bohío y de inmediato salió de la habitación para dar de comer a unos cerdos.
A la mitad del camino se encontró con cinco supuestos esclavos africanos, a los cuales confundió con compañeros suyos. Al acercarse, se percató de que no pertenecían a la dotación, por lo cual intentó retirarse. En ese momento, uno de los cimarrones le explicó que habían venido a buscarla para conducirla a donde se encontraba su marido.
Ante esta situación Petrona reflexionó y llegó a pensar que su esposo podía estar entre los apalencados, pues hacía algunos días que su amo lo había transferido a un ingenio y era probable el haberse evadido por su inconformidad con la medida.
El deseo de unirse a su cónyuge la llevó a creerles a aquellos hombres, y fue hasta el bohío a buscar alguna ropa. Ya de regreso comenzó a dudar, y temerosa de ser engañada decidió retroceder, pero el jefe de aquel grupo de cimarrones la agarró por una mano y la amenazó con que si no le seguía la mataría.
Ante el temor y sin otra alternativa, se entregó a los deseos de sus captores. En su compañía, emprendió el camino. Primero a lo largo de la sierra del Rosario y luego por la sierra de los Órganos hasta llegar a la zona de Pan de Azúcar, un recorrido de más de cien kilómetros.
Según Petrona, en la ranchería habían dos mujeres más: Inés Conga, esclava del barón Kessel y Melchora Carabalí, de la cual ignoraba quien era su dueño y que decían era jefa de cimarrones en la sierra del Rosario. Para lograr sobrevivir, estas mujeres se dedicaban a la sustracción de alimentos de las haciendas, en su gran mayoría cerdos y viandas.
Su trabajo en el palenque, además de sus obligaciones como pareja, era la de vigilancia, cuestión extendida en estas condiciones de acoso del rancheador, un testimonio alto elocuente en la vida y las funciones que desempeñaban aquellas mujeres.

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