![]() |
| Montenegro de corbata en 1976 exiliado en Miami. // |
Cuando se habla de novela cubana se piensa en Lezama Lima, Cabrera Infante, Severo Sarduy, Alejo Carpentier o Lisandro Otero, no se a memoria, pero que tal si la historia nos cuenta que hubo un gallego -"aplatanado en Cuba"- que fue colosal, y que incluso los superó a todos.
Digamos que su obra superó a "Paradiso" de Lezama Lima, "Tres tristes Tigres" de Cabrera Infante, "Antes que Anochezca" de Reinaldo Arenas o "Amistad Funesta" de José Martí, e incluso superó la primera en la historia de la literatura cubana, "Cecilia Valdés o La Loma del Ángel", de Cirilo Villaverde. Uno se queda totalmente asombrado como semejante afirmación.
¿Cómo puede ser posible que sea tan poco conocida?. Incluso el autor, porque ni en Galicia donde nació, ni en Cuba donde se hizo famoso, tampoco lo fue, al menos fuera de su círculo. En fin resumiendo, que según los que saben desde 1938 que la publicó en México, "Hombres in Mujer" está considerada como la mejor novela de la literatura Cubana en todos los tiempos.
PERO ¿QUE PASÓ?
El tema fue que en 1918, en uno de sus regresos a la Habana, el entonces marino Carlos Montenegro se vio implicado en un hecho de sangre que, al parecer, fue en defensa propia.
La ruina del negocio pesquero del padre llevó a la familia a seguir el camino de la emigración. Así, en 1907, siendo aun un niño, llegó a Cuba. Con su familia se instala en Guanabacoa (provincia de la Habana), donde cursó estudios en el colegio de la orden de San Vicente de Paúl. En este centro de enseñanza comenzaría la difícil vida de Carlos Montenegro, pues enseguida fue expulsado.
En la década de los cuarenta Montenegro fue uno de los escritores que más estimularon la narrativa cubana basada en las gestas independentistas, la de 1895 en especial. En 1944 sería galardonado con el premio "Hernández Catá" por su cuento "Un sospechoso", e incluso de su viaje a la aldea de 1953, Pobra do Caramiñal, se inspiró para escribir "El regreso".
El tema fue que en 1918, en uno de sus regresos a la Habana, el entonces marino Carlos Montenegro se vio implicado en un hecho de sangre que, al parecer, fue en defensa propia.
Según declaró en el juicio lo quisieron asaltar, aún así fue condenado a varios años de prisión en el penal habanero del "Castillo del Príncipe", hasta que más tarde fue trasladado al "Presidio Modelo" de Isla de Pinos. De esta dura experiencia en el presidio habanero se nutre el dramatismo de esta maravillosa novela.
Un tipo como él, forjado entre mineros, leñadores o marineros, no iba a permitir semejante que unos tipos cometieran semejante afrenta a su honor. De ahí que echara mano de una navaja que llevaba oculta y uno de los asaltantes - porque el otro huyó - no pudo hacer el cuento.
Ni siquiera la defensa propia lo salvó de la cárcel. Fue condenado por homicidio a catorce años y ocho meses de privación de libertad. Fue allí, en la cárcel, donde Montenegro comenzó su vida literaria.
De esas experiencias creó esta novela que luego lo encumbró como lo hemos detallado. Además, que aunque había nacido en la aldea gallega de "Puebla del Caramiñal", en la Coruña profunda, siempre se consideró un Cubano.
REGRESO
Aunque nacido en Galicia hijo de Ramón Montenegro Domínguez, un militar español que peleó en la guerra de Cuba y de Mercedes Rodriguez Pacheco, una cubana pro separatista, Montenegro sigue siendo considerado como uno de los mejores narradores cubanos de siempre.
En 1907 sus padres deciden regresar a La Habana en busca de un futuro mejor, y luego de un periplo que le llevó a la Argentina, se alista en la Marina en el barco "El Julia". De 1914 a 1918 anduvo por Puerto Limón, Río de Janeiro, La Guaira, Veracruz, Nueva Orleáns, Nueva York y la Habana.
Este oficio lo alternó con el de leñador en Canadá, de minero en Pont Henry; y como empleado de una fábrica de municiones en Pennsylvania. Sin embargo es en la Habana fue donde se complicó su existencia.
Gracias al editor de la influyente Revista de Avance, el poeta matancero José Zacarías Tallet, que por entonces se desempeñaba como custodio de esa cárcel, Montenegro empezó a enviar sus escritos desde su celda a las principales revistas Cubanas de la época, como Social, Carteles, Bohemia o Chic, así como la página cultural del Diario de la Marina.
Estando aun preso en 1928, obtuvo el primer premio de cuentos de la revista Carteles con "El renuevo", y, un año después apareció publicado su primer libro bajo el sello de la Revista Avance, "El renuevo y otros cuentos".
Fue entonces que varios intelectuales cubanos, entre los cuales se encontraban Enrique José Varona, José Antonio Fernández de Castro, Emilio Roig de Leushering, Juan Marinello y el propio Zacarías, bajo la orientación del criminalista español Jiménez de Asúa, comenzaron una recogida de firmas para lograr que el entonces presidente de la república, Gerardo Machado y Morales, le conmutara su pena.
Fue entonces que varios intelectuales cubanos, entre los cuales se encontraban Enrique José Varona, José Antonio Fernández de Castro, Emilio Roig de Leushering, Juan Marinello y el propio Zacarías, bajo la orientación del criminalista español Jiménez de Asúa, comenzaron una recogida de firmas para lograr que el entonces presidente de la república, Gerardo Machado y Morales, le conmutara su pena.
Finalmente fue indultado en 1931, luego de haber cumplido once años de durísima prisión. Casado con Emma Pérez, conocida periodista con la que contrajo matrimonio estando en la cárcel, Montenegro comenzó a trabajar como reportero del periódico Hoy, y al poco tiempo publicó "Dos barcos", su segunda colección de cuentos en 1939.
De filiación comunista y simpatizante del bando republicano, al estallar la guerra civil española se marcha a su patria como corresponsal de guerra, una nueva experiencia que dio como fruto "Tres meses con la fuerza de choque", sus vivencias dentro del grupo dirigido por el coronel anarquista Valentín González, alias "El Campesino".
En 1938, a instancias del criminólogo español Luis Jiménez de Asúa, el mismo que había asesorado en su excarcelación y enfrascado en presentar en un congreso en Viena una indagación sobre la reforma penitenciaria, comenzó Montenegro a redactar un testimonio sobre las condiciones de la cárcel cubana que acabó por apasionarlo.
Lo que debía ser un panfleto tipo alegato en contra de la vida en prisión, terminó por convertirse en una novela extraordinaria e injustamente olvidada, "Hombres sin mujer", no solo una de las grandes de la literatura cubana, también latinoamericana tras ser publicada en México por la editorial Masas.
En veinte capítulos, Montenegro relata la sordidez de la cárcel, la desesperada vida sexual de un grupo de reclusos y convirtiendo aquel libro en una obra de arte. De esta novela escribió Guillermo Cabrera Infante:
«Extrañamente en español habrá que esperar hasta la publicación de El beso de la mujer araña, de Manuel Puig, en 1976, que es una ficción creada por la imaginación de su autor, para encontrar un libro que pueda ser semejante. [...] La novela es un antecedente de Genet. (Jean Genet).
Mejor que Genet, porque no contiene la carga de literatura pseudorromántica con que Genet idealiza el crimen. Además, Montenegro nunca fue ladrón. Se libró así de publicar un canto al robo con fractura y pederastía. Hombres sin mujer es no sólo una gran novela cubana, sino del idioma español, sin comparación posible»
En la década de los cuarenta Montenegro fue uno de los escritores que más estimularon la narrativa cubana basada en las gestas independentistas, la de 1895 en especial. En 1944 sería galardonado con el premio "Hernández Catá" por su cuento "Un sospechoso", e incluso de su viaje a la aldea de 1953, Pobra do Caramiñal, se inspiró para escribir "El regreso".
No deja de llamar la atención que siendo un comunista convencido no haya comulgado con el triunfo castrista de 1959. De hecho, por este motivo es que se marcha de Cuba. Después de una breve estancia en México y en San José de Costa Rica, se establece finalmente en la ciudad de Miami en 1962. Allí murió -pobre y olvidado- en 1981.
Añadir que Montenegro dejó varias obras sin estrenar, entre ellas otra de corte carcelario como "El mundo inefable", donde plasmó su vida en una cárcel mexicana a donde fue a parar acusado de ser un supuesto agente de los Estados Unidos y traficante de armas.
Maldita Hemeroteca
Fuentes: Articulo "Hombres sin mujer y un extraño personaje llamado Carlos Montenegro" de Abilio Estévez, 1954. // Cabrera Infante, Guillermo, «Montenegro, prisionero del sexo», en Vidas para leerlas, Alfaguara, Madrid, 1998.
Fuentes: Articulo "Hombres sin mujer y un extraño personaje llamado Carlos Montenegro" de Abilio Estévez, 1954. // Cabrera Infante, Guillermo, «Montenegro, prisionero del sexo», en Vidas para leerlas, Alfaguara, Madrid, 1998.
AVIONES SOBRE EL PUEBLO
HABANA 1937
Pesadas y roncas en su estruendo se acercaban las máquinas de guerra en busca del pueblo indefenso. En aquel instante los hombres que iban dentro, con las manos puestas en las palancas lanza-bombas, asomarían seguramente sus rostros de extranjeros sobre las bordas de sus aparatos. Se escuchó una orden seca y ruda:
−¡Fuego!
Y entonces de tierra partió la primera ráfaga de disparos seguida de otras muchas. La calle se llenó de explosiones que silenciaron el tronar que llenaba el espacio, y alrededor de los aviones se vieron pequeñas nubes blancas.
Automáticamente, como si cada grupo formase un solo aparato, se les vio alzar las narices tratando de ganar altura, pero en el intento se precisó cómo las trágicas ves se quebraban en el azul. De súbito dos de los aviones hicieron una gran parábola y comenzaron a caer de nariz, girando en círculos irregulares y dejando detrás de sus colas un reguero de humo que fue creciendo hasta que los aparatos se envolvieron en llamas.
Otro más, que había logrado volver sobre sí mismo, ardía en un descenso apenas perceptible. Las ráfagas de disparos chasqueantes seguían atronando la calle y ahogando los gritos vencedores de los hombres que servían las piezas.
Alejándose en el limpio azul, los aviones que no habían sido tocados, huían perseguidos por las inexorables nubecillas; cuando ya estaba a punto de perderse sobre las casas lejanas, otro de ellos abatió la nariz y comenzó a barrenar el espacio, dejando atrás, en un descenso lentísimo, las manchas blancas de dos paracaídas.
Al cesar las antiaéreas de disparar, las calles se llenaron de gritos; los hombres corrían a encontrarse y se abrazaban sin soltar los fusiles; en las puertas de algunas casas aparecían rostros fuertivos que terminaban por reflejar la alegría de la calle. Unos milicianos corrian hacia donde esperaban que cayeran los aviones, mientras otros, levantando los puños, entonando la Internacional.
El tío Ángel, que permanecía inmóvil y mudo, vio llegar al oficial que le había hablado antes; éste se subió al antiaéreo y grito estentóreamente: −¡Camaradas, gritad conmigo: No pasarán! Un grito múltiple le respondió llenando el ámbito. −¡Camaradas! −continuó el oficial subido al cañón−.
¡Los hemos vencido!... Aún seguirán asesinando a nuestros hijos pero ¡los hemos vencido! ¡Aún arrasarán nuestras ciudades, pero los hemos vencido! ¡Los hemos vencido aunque puedan arrollarnos mil veces más! ¡Los hemos vencido desde el momento que nuestras manos de proletarios pudieron apretar un fusil!
¡Desde el momento que los pueblos libros del mundo se pusieron a nuestro lado! ¡Hasta los pueblos esclavizados lloran a escondidas por nuestra victoria! ¡Los generales traidores al hacernos la guerra, nos enseñarán a hacerla y vendremos de atrás para ganar! ¡Somos los más y ya estamos armados! ¡Somos la libertad y la justicia! ¡Somos el pueblo!
¡Por eso los vencimos desde el momento en que hicieron el primer disparo contra nosotros! ¡Bendita sea esta guerra, aunque ellos la hayan desencadenado, porque nos dará el derecho a reconquistar nuestra categoría de hombres!... ¡¡Camaradas, griten conmigo: No pasarán!!
−¡Fuego!
Y entonces de tierra partió la primera ráfaga de disparos seguida de otras muchas. La calle se llenó de explosiones que silenciaron el tronar que llenaba el espacio, y alrededor de los aviones se vieron pequeñas nubes blancas.
Automáticamente, como si cada grupo formase un solo aparato, se les vio alzar las narices tratando de ganar altura, pero en el intento se precisó cómo las trágicas ves se quebraban en el azul. De súbito dos de los aviones hicieron una gran parábola y comenzaron a caer de nariz, girando en círculos irregulares y dejando detrás de sus colas un reguero de humo que fue creciendo hasta que los aparatos se envolvieron en llamas.
Otro más, que había logrado volver sobre sí mismo, ardía en un descenso apenas perceptible. Las ráfagas de disparos chasqueantes seguían atronando la calle y ahogando los gritos vencedores de los hombres que servían las piezas.
Alejándose en el limpio azul, los aviones que no habían sido tocados, huían perseguidos por las inexorables nubecillas; cuando ya estaba a punto de perderse sobre las casas lejanas, otro de ellos abatió la nariz y comenzó a barrenar el espacio, dejando atrás, en un descenso lentísimo, las manchas blancas de dos paracaídas.
Al cesar las antiaéreas de disparar, las calles se llenaron de gritos; los hombres corrían a encontrarse y se abrazaban sin soltar los fusiles; en las puertas de algunas casas aparecían rostros fuertivos que terminaban por reflejar la alegría de la calle. Unos milicianos corrian hacia donde esperaban que cayeran los aviones, mientras otros, levantando los puños, entonando la Internacional.
El tío Ángel, que permanecía inmóvil y mudo, vio llegar al oficial que le había hablado antes; éste se subió al antiaéreo y grito estentóreamente: −¡Camaradas, gritad conmigo: No pasarán! Un grito múltiple le respondió llenando el ámbito. −¡Camaradas! −continuó el oficial subido al cañón−.
¡Los hemos vencido!... Aún seguirán asesinando a nuestros hijos pero ¡los hemos vencido! ¡Aún arrasarán nuestras ciudades, pero los hemos vencido! ¡Los hemos vencido aunque puedan arrollarnos mil veces más! ¡Los hemos vencido desde el momento que nuestras manos de proletarios pudieron apretar un fusil!
¡Desde el momento que los pueblos libros del mundo se pusieron a nuestro lado! ¡Hasta los pueblos esclavizados lloran a escondidas por nuestra victoria! ¡Los generales traidores al hacernos la guerra, nos enseñarán a hacerla y vendremos de atrás para ganar! ¡Somos los más y ya estamos armados! ¡Somos la libertad y la justicia! ¡Somos el pueblo!
¡Por eso los vencimos desde el momento en que hicieron el primer disparo contra nosotros! ¡Bendita sea esta guerra, aunque ellos la hayan desencadenado, porque nos dará el derecho a reconquistar nuestra categoría de hombres!... ¡¡Camaradas, griten conmigo: No pasarán!!
.jpg)
