Corría el durísimo verano de 1994 y no por el calor me refiero. La URSS, y todo el campo socialista, se había desmerengado y el chupete de Moscú que alimentaba al castrismo se había secado definitivamente.
¿Cambios políticos?... ninguno. El tirano le llamó "Período especial". La economía, no como ahora que es un desastre fallido nunca antes visto en la historia, pero igual se fue a pique. No había gasolina, ni medicinas y la comida comenzó a faltar peligrosamente. Fue entonces que llegaron los apagones y muchos entonces se hartaron de esa situación.
Tal fue así, que el cinco de agosto miles de habaneros salieron a la calle a protestar contra el régimen por las inmediaciones del popular Malecón y, ante la respuesta violenta de las autoridades, se produjo el desmadre. Por un lado la gente la tomó con todo lo que se encontraba a su paso, tiendas y negocios, casi nada escapó a la ira, e incluso se enfrentaron directamente con palos y piedras contra la policía.
El régimen movilizó a lo que toda la vida en Cuba se le llamó esbirros, solo que esta vez se trataban de "brigadas de respuesta rápida" compuestas por miembros de un contingente de trabajo que, armados básicamente de palos, tubos y cadenas, arremetió contra los manifestantes. Horas más tarde Fidel Castro, en un alarde cuando ya todo estaba controlado, se presentó "en persona" exhortando a derrotar a los pocos "apátridas", así les llamó, que quedaban.
En el fondo el dictador sabía que todo era una comedia y que a la larga aquella protesta se convertiría en masiva, como sucedió después el once de julio del 2021. Entonces decidió "desinflar el globo" liberando las costas para todo aquel que decidiera abandonar el país, provocando que decenas de miles aprovecharan la oportunidad y se lanzaran en balsas hacia los Estados Unidos, dando origen a la crisis de los balseros de 1994.
Maldita Hemeroteca