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| Recreación pictórica de la muerte de Napoleón. // |
Cuando Napoleón Bonaparte fue desterrado por el ejército británico a la isla volcánica de Santa Elena el quince de julio de 1815, su suerte ya había sido echada.
Fue recluido y vigilado noche y día en Longwood, a unos cinco km de Jamestown, sobre una meseta de 500 metros situada en el centro de la isla, delimitada por el pico más alto de Santa Elena y por los acantilados de la costa, impracticables para la navegación. El sitio ideal, pues, para prevenir toda posible fuga y para mantener una vigilancia sin fisuras.
Deprimido y enfermo, no es extraño que solo resistiera seis años; moría el cinco de mayor de 1821 cuando aún no había cumplido los cincuenta y dos años. Sepultándolo en vida, sus enemigos terminaron con el peligro que la sola existencia de Napoleón suponía para el orden internacional.
Se dijo que sufría de unos intensos dolores estomacales que pudieron deberse a un cáncer hereditario o, más probablemente, a un envenenamiento con arsénico. De hecho, resultó curioso que según los ejemplares conservados en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional, esa noticia no se supo en España hasta el diecisiete de julio de 1821, dos meses y medio después de haberse producido.
La verdad se supo en el año 2001, cuando tres expertos forenses analizaron de nuevo el cabello de Napoleón y llegaron a la misma conclusión del envenenamiento. Pascal Kintz, del Instituto de Medicina Forense de Estrasburgo, especificó que un análisis de cabello tomado de la cabeza de Napoleón reveló «concentraciones de arsénico de entre siete y treinta y ocho veces superior a lo normal, lo que sin lugar a dudas indicaba un envenenamiento.
Entre tanto, los artistas Ensign Ward y Joseph William Rubidge crearon algunos bocetos del cadáver antes de que se descompusiera. Pero el día seis el médico corso François Antommarchi (1780-1838) declaró que podía realizar la máscara al difunto si conseguían suficiente yeso
De hecho Lobo llegó a poseer la mayor colección napoleónica del mundo, después de la Francesa. La mascarilla fue a parar al bello palacete del Dr Orestes Ferrara en la Habana, la villa de estilo florentino Dolce Dimora (Dulce morada) que con los años pasó a ser "El museo Napoleónico", fundado el uno de diciembre de 1961 una vez fue confiscado por el castrismo y por encargo de la antropóloga fidelista Natalia Bolívar.
En cualquier caso, sabemos que Napoleón estaba acompañado de médicos y gente de confianza, entonces el gobernador de la isla, Hudson Lowe, le encarga al doctor Archibald Arnott que se encargue del cadáver. Fueron éstos quienes iniciarían la compleja historia de su máscara mortuoria.
En cambio Madame Bertrand, la mujer del general Henri Gatien Bertrand –militar muy cercano a Napoleón que estuvo a su lado en Elba, en Santa Elena y que después se encargó de repatriar sus restos en 1840–, insistió desde un primer momento en que debía hacerse una máscara, pero al parecer se mostró reacia a que ésta fuera elaborada por un inglés.
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| Máscara Mortuoria de Napoelón en la Habana. // |
Entre tanto, los artistas Ensign Ward y Joseph William Rubidge crearon algunos bocetos del cadáver antes de que se descompusiera. Pero el día seis el médico corso François Antommarchi (1780-1838) declaró que podía realizar la máscara al difunto si conseguían suficiente yeso
El día siete contaban por fin con el material necesario y el doctor inglés Burton, probablemente con el apoyo de Antommarchi, se puso manos a la obra antes de que los rasgos de Napoleón fueran irreconocibles. Todo parece indicar que se obtuvo un molde dividido en dos piezas, como era habitual en este tipo de prácticas.
LA HABANA
Antommarchi, sabiendo que existía gran veneración en Nueva Orleans por la figura del Emperador, viajó a tierras americanas para establecer allí su residencia. En 1834 el médico ofreció a la ciudad de Nueva Orleans una copia de bronce de la máscara que se exhibiría en el Cabildo.
Pronto, tanto su fuerte carácter como las enemistades que se creó en la ciudad le llevaron a trasladarse a La Habana, cuando la isla de Cuba se encontraba bajo el mando del general Miguel Tacón. Un primo del doctor, Antonio Antommarchi, tenía allí una plantación de café en Santiago de Cuba y todo apunta a que se acomodó finalmente en esta ciudad.
(Mas adelante veremos algunos italianos que trascendieron en nuestra historia).
Antes de morir hizo varias copias para diferentes personas con altos cargos que vivían en la isla y, como cuentan algunas fuentes, le regaló la original al general Juan de Moya. Las guerras acontecidas en la isla durante aquel período hicieron que la familia vendiera la máscara al general José Lacret y Morlot, cuando finalmente se le perdió el rastro en Santiago de Cuba.
Sobre lo ocurrido después hay dos versiones: una cuenta que tras desconocerse su paradero durante cierto tiempo, la máscara apareció en poder de la familia Bacardí, ya entonces propietaria de la famosa destilería de ron de Santiago. Otra versión asegura que fue a parar directamente a las manos del multimillonario azucarero Julio Lobo, gran coleccionista y devoto de la memoria de Napoleón.
LA MANSION DE FERRARA
Sin duda que fue el coronel Ferrara el italiano de más protagonismo en Cuba, y en aquella ultima guerra. Al terminar el conflicto, se regresa a Italia a terminar sus estudios de abogacía, regresando a Cuba donde le nombraron gobernador de Santa Clara, además sufrió en carne propia la violencia mientras actuaba como secretario de estado del gobierno del brigadier Gerardo Machado y Morales.
Gracias al hidro deslizador pudo evitar ser linchado por la turba asesina y revanchista que saqueaba y quemaba todo, además de linchar a cuanto oponente se le atravesara en el camino, como era costumbre en aquella convulsa isla.
Machado, por su parte, ya había hecho otro tanto en dirección a Bahamas, aunque hasta en los últimos momentos sopesó alzarse con varios de su seguidores en el lomerío del Escambray.
Al final asumió la jefatura del estado interinamente el "insignificante" hijo de Carlos Manuel de Céspedes.
Cuando Ferrara pensó que "las aguas se habían calmado", regresó de Estados unidos para ponerse al frente del Partido Liberal.
El uno de octubre 1940, durante el gobierno del presidente Federico Laredo Brú, unos matones de turno lo esperaron en la esquina de Infanta y San Miguel, y le metieron un balazo mientras se dirigía a votar por la nueva constitución de ese año. Ni así pudieron con su vida, pero si con la del pobre taxista.
Fue un hombre afortunado a pesar de todo, porque habiendo nacido en el siglo XIX y esquivando la muerte anticipada, pudo disfrutar de la vida hasta el 16 de febrero de 1972, o sea, que fue testigo de grandes inventos del ser humano como el automóvil; el televisor; el refrigerador; los cosmonautas en el espacio e incluso llegando a la luna, y hasta el nacimiento de algo que llamaban Internet.
El tirano Fidel Castro "le siquitrilló" sus propiedades, entre ellas el maravilloso palacio florentino la Dolce Dimora, donde radica el actual Museo Napoleónico.
En vida escribió mas de cuarenta libros, llegó a dominar cuatro idiomas y durante doce veces se vio con sus rivales en el campo de honor, saliendo victorioso en todas sus citas. La verdad es que escribiendo estos pasajes me siento muy bien conmigo mismo, porque hace tiempo que quería soltarlo.
A pesar de que en los 96 años del Dr Ferrara fue de los pocos patriotas de aquellas gestas que por su longevidad sufrió los embates de la dictadura castrista, cosa normal en un hombre que siempre criticó una ética política del autoritarismo y la exclusión. Solía decir que el estado era indispensable para impedir el abuso, no para crearlo; así como para armonizar los intereses del pueblo, no para dominarlo."
Tras su regreso a Cuba en 1954, y aunque le criticó diplomático al fin, se puso en función del gobierno golpista de Fulgencio Batista, de manera que con la llegada de Fidel Castro al poder sus propiedades pasaron a ser un objetivo priorizado del barbudo en jefe.
En nueve años el maligno no dejó ni un humilde vendedor de fritas en la calle, estatalizó toda la propiedad privada en Cuba incluyendo por supuesto la muy valiosa del coronel Ferrara Marino, que murió en Roma en 1972.
"Yo mismo, no obstante mi escepticismo político llegue a pensar que, siendo tan fácil hacer un buen gobierno en Cuba, rica como era la nación, con la despierta inteligencia de sus habitantes, y sin problemas graves en lo internacional, hasta un joven inexperto (Fidel Castro), doctorado en una época en que la Universidad (de La Habana) se hallaba cerrada casi en permanencia, podría ser útil en la presidencia.
Pensaba que Castro haría elecciones inmediatas; pero cuando lei la frase sacrílega: "Elecciones! ¿Para que?", comprendí que había ocupado el poder un rampollo de Mussolini, aparecido en la mitad del camino de nuestra vida republicana transformada en "selva salvaje, áspera y fuerte", como dice Dante al comienzo de su gran poema".
"La presencia en Cuba de Fidel Castro fuera de ley, me hacia sonreír por la actitud de nuevo Martí que pretendía asumir, sin tener en cuenta la diferencia de cultura, la nobleza de la causa y, sobre todo, la elección del escenario.
Y por otro lado me llevaba a considerar que para la ingenua alma popular, la del ambiente de las lomas, el significaba la figura pretendiente que sabe esperar socarronamente la hora oportuna. Es que el vinculo del gobernante con el gobernado, que no logra formarse a través de las elecciones, resulta en cadenas".
Maldita Hemeroteca
Fuente: Titulo – Los Mambises Italianos. Autor – Fernando Ortiz. La Habana, Cuba. Imprenta – “Cuba y América. Fecha – 1909
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