En sus "Estampas de San Cristóbal", el ensayista Jorge Mañach llamó “encantadora” a la esquina de Galiano y San Rafael, y la calificó de “lujosa, perfumada y trémula. El vía crucis de los instintos”.
¿Y FLOGAR?
Sobre su muerte, ocurrida en 1950, el polémico periodista Ramón Vasconcelos le entrevistó y esa conversación la publicó en su periódico Alerta, el veintinueve de junio de ese mismo año:
«Gallego hasta la médula, no le quitaron el acento los años de aclimatación en el país. Amaba los niños, apenas los veía, mandaba a sacar unas sillitas. Era La Isla el único establecimiento de su tipo que las tenía. Él se preocupaba por rodearlos de atenciones.
«¿Por qué no se casa usted?, le pregunté en cierta ocasión.
«Lo decía con los ojos nublados. La confidencia me conmovió, mientras lo veía circular entre las mesas, reconociendo con esfuerzo a los clientes. Al fallecer Don Pancho, el de La Isla, se llevó el mejor medio siglo de La Habana».
Al fin llegamos. Según cuenta en un artículo el poeta y periodista de la revista Bohemia, Guillermo Villaronda, publicado en el periódico Alerta con fecha del cuatro de octubre el 1949, en un principio se trató de un local propiedad de Doña Ventura Lautener, propietaria del edificio que los bajos tenía arrendado a los dueños de la lechería "La Isla".
Entonces, en febrero de 1881 llegó a Cuba el gallego Francisco García Naveiro y comenzó a trabajar como empleado en la citada lechería, un negocio de bebidas, batidos y refrescos ubicado en la esquina de Galiano y San Rafael precisamente. Fue allí donde se hizo famoso por sus exquisitos batidos y helados, y la gente le empezó a llamar "Don Pancho".
Era un "mulo trabajando", hacía dos turnos de diez horas diarios frente a su clientela, y así como terminó arrendando el local y más tarde, una vez liquidó un préstamo que le había hecho la alemana Ventura, lo compró y levantó allí una hermosa cafetería "La Isla" donde en 1890 el lugarteniente general Antonio Maceo le honró con su visita.
«Gallego hasta la médula, no le quitaron el acento los años de aclimatación en el país. Amaba los niños, apenas los veía, mandaba a sacar unas sillitas. Era La Isla el único establecimiento de su tipo que las tenía. Él se preocupaba por rodearlos de atenciones.
«¿Por qué no se casa usted?, le pregunté en cierta ocasión.
“Imposible, amigo mío. Siempre creí que no debía casarse nadie que no ganara lo suficiente para mantener una familia. En lograrlo eché toda mi juventud. Y ahora, cuando puedo sostenerla con desahogo y hasta con lujos, me falta la juventud. Si encontrara una mujer que me quisiera de veras, no lo creería; creería que me ama por mi dinero. Eso me haría desconfiado y nada feliz”.
«Lo decía con los ojos nublados. La confidencia me conmovió, mientras lo veía circular entre las mesas, reconociendo con esfuerzo a los clientes. Al fallecer Don Pancho, el de La Isla, se llevó el mejor medio siglo de La Habana».
Este matrimonio eran propietarios de la Inmobiliaria "Ligar" que, con un diseño de los arquitectos Silverio Bosch y Mario Romañach, levantaron después de demolido el edificio y su selecta cafetería "La Isla", la que fuera famosa tienda por departamentos, marcando el fin del negocio del gallego Naveiro en ese sitio, de por sí histórico.
Vea aquí la cronología de "La esquina del pecado".
Maldita Hemeroteca
Fuentes citadas en el texto.
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