Han pasado 128 años de la explosión del Maine en la bahía de La Habana. Aunque parezca increíble, en todo ese tiempo la historia no ha bastado para reparar el desencuentro que provocó aquel suceso, ni tampoco para aclarar el misterio de cuál fue la causa real que hizo saltar por los aires al acorazado de la Armada de Estados Unidos que acabó con la vida de 254 marineros y dos oficiales de su tripulación.
La explosión del Maine, adjudicada por EE UU a una mina, a un torpedo o a "un artefacto infenal secreto del enemigo", fue el detonante para que finalizara el dominio de España en Cuba.
A las 21:40 horas del 15 de febrero de 1898, el acorazado ligero Maine fue víctima de una violenta explosión, y se hundió en la ensenada de La Habana causando la muerte inmediata de 260 hombres.
La prensa popular estadounidense acusó a los españoles de haber colocado una mina bajo el navío, de cometer actos bestiales, de poseer "campos de la muerte" y hasta de tener costumbres antropófagas…
En aquellos finales del siglo XIX, dos empresarios periodísticos rivalizaban en la galopada sensacionalista:
En primer lugar, William Randolph Hearst, del New York Journal, y Joseph Pulitzer, del World. La cruzada tuvo el apoyo interesado de financieros estadounidenses con gruesas sumas invertidas en la Cuba, quienes soñaban con arrebatársela a la metrópoli española. Sin embargo, ni el público y mucho menos los periodistas, mostraban el mínimo interés en lanzarse a una aventura de ese corte.
Frederick Remington, dibujante del New York Journal, envió en marzo de 1898 la siguiente misiva a su jefe desde La Habana: "Aquí no hay ninguna guerra. Pido que se me haga regresar". Al instante, Hearst le telegrafió: "Quédese allí. Suminístrenos dibujos, yo le suministraré la guerra".
Reclamando venganza y repitiendo sin cesar: "Remember the Maine! In Hell with Spain" (¡Acuérdense del Maine! Al diablo España) en cuestión de días el New York Journal pasó de 30 mil ejemplares diarios a… ¡400 mil, y con posterioridad superó regularmente el millón!
Ninguna de las víctimas del Maine inhumadas en la necrópolis de Colón, fueron registradas en el libro de asentamiento. A pesar de haber recibido sepultura católica, tampoco aparecería el expediente del Maine en el Archivo del arzobispado en La Habana. Solo quedó constancia de las boletas de siete marinos que murieron en el Hospital Militar de San Ambrosio, a consecuencia de las heridas.
De los muertos, ochenta y nueve eran extranjeros: doce alemanes, seis canadienses, siete daneses, tres finlandeses, un francés, dos griegos, cinco ingleses, diecinueve irlandeses, un islandés, ocho japoneses, un maltes, siete noruegos, un rumano, un ruso, catorce suecos y un marino de las Antillas Menores. Solo ocho eran de raza negra.
CÓMO SE GESTA UN MONUMENTO
Al sexto día de instaurada la "República", el 20 de mayo de 1902, su primer presidente envió al congreso norteamericano un mensaje del cual extraigo este párrafo del presidente D. Tomás Estrada Palma:
"Junto al heroísmo legendario de tres generaciones de patriotas está la hermosa actitud de un gran pueblo, que consultando solo su amor a la libertad, se puso resueltamente a nuestro lado en la lucha que sostuvimos por la independencia patria. El móvil fue simplemente un sentimiento generoso, puro en su origen y desinteresado…"
No fue hasta 1924 que el artista pudo materializar su obra. Pero los costos se "dispararon"… En 1916 ascendía a 100 000 pesos; 150 000 en 1920, y a estas alturas amenazaba seguir creciendo como la espuma. Pero Alfredo Zayas –el presidente de turno- se plantó en "siete y media": 116 000 pesos. Ni uno más.
El 8 de marzo de 1925 se inauguró oficialmente el monumento al Maine. Dos cañones y otros elementos originales, tarjas conmemorativas, falseadas alegorías. En fin, la fantástica ilusión de las repúblicas cubana y norteamericana abrazadas. Desde lo alto, una descomunal águila clavaba sus garras en las elevadas y torneadas columnas. ¡Cuidado, cubanos, desde esta altura los estoy observando!, graznaba de modo simbólico.
NATIONAL GEOGRAPHIC
En 1998, centenario de aquel acontecimiento, la revista National Geographic Magazine retomó el tema al publicar un artículo intentando demostrar que la causa de la explosión era externa, provocada por españoles fanatizados o cubanos que querían la intervención militar estadounidense.
La hasta hoy misteriosa explosión del Maine, viene a reafirmar la alerta del más visionario de los cubanos de su tiempo, José Martí, quien el 14 de diciembre de 1889, en ocasión de la Conferencia Internacional Americana realizada en Estados Unidos, escribiera a su discípulo Gonzalo de Quesada:
Los marinos del Maine fallecidos aquel 15 de febrero se convirtieron de hecho, en víctimas de su propio gobierno. Las aún oscuras circunstancias en que se desarrollaron los acontecimientos, generaron las causas reales del conflicto y sirvieron de pretexto para desatar una guerra que en principio era justa, pues puso fin a treinta años de levantamientos cubanos que no habían conducido a nada.
El 18 de enero de 1961, el Consejo de Ministros aprueba suprimir el águila imperial que coronaba el monumento erigido frente al malecón habanero.
"Si de algo podemos estar seguros, es de que jamás el águila rapaz que simboliza al imperio volverá a colocarse sobre esas columnas, que quedaron convertidas en monumento de lo que fue el imperio en nuestro país y de lo que ocurrirá, más tarde o más temprano, a su afán de esclavizar al mundo.”
Al culminar una manifestación anti norteamericana en 1963, convocada por el gobierno frente al monumento al Maine, fue derribada el águila que coronaba el bloque escultórico. Pablo Picasso prometió esculpir y donar una paloma gigante, símbolo de paz, para sustituir al águila derribada. No cumplió la promesa. Nunca más se habló del asunto. Mucho mejor. Hubiera sido una impostura.
Un grupo de anónimos cubanos, amparado en la noche, burló la vigilancia, rescató la cabeza y alas del águila, que soportaron el desplome, y las entregaron a la entonces Embajada de Suiza, que servía como representante de los intereses de EEUU en la isla.
Los restantes fragmento muy dañados tras la caída, fueron depositados en el Museo de la Ciudad, en la Habana Vieja, esperando que llegue el día de la libertad, y con él la reconstrucción y el momento solemne de la amistad para alzar el vuelo otra vez.
Fuentes de Internet
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