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SOLIDARIDAD, PERO A COSTA DEL PUEBLO CUBANO


Erigida en la década de los 50’, la urbanización de Tarará en Guanabo sirvió de barriada de veraneo para la Clase media y alta de la republica, igual de los militares, sobre todo a partir de la construcción del Túnel de La Habana y la Vía Blanca, que la Habana se pudo "a tiro de pedrada" convirtiendo el balneario en un lugar preferido para la clase media por su cercanía.

Sus orígenes fueron un enclave de Cobre que con mano de obra indígena los Españoles extraían su material para los cañones. De hecho el nombre del lugar surge porque para llamar al trabajo se usaba un toque de corneta, y ese sonido fue lo que llevó a los indígenas a bautizar la zona.

Conocida como las Minas de San German, del propietario español Anastacio Jutiz, con los años fue adquirida por los norteamericanos Frederick P. Mattox, Royal Webster y Astheres Clasic Lerdic que deciden crear "The Tarará Land Company" hasta que en 1927, y por iniciativa del Yatch Club de Marianao, se edificaron las primeras cuatro casas tipo bungaló donde vivió su primer ciudadano y principal accionista Mr. Royal S. Webster.

La expansión fue tal, que para el 1940 ya habían 525 casas de este tipo fabricadas. Y como siempre pasa en "nuestros cuentos" llegó el tirano y mandó a parar. Y donde dos años antes veraneaba la "elite militar Batistiana", fue el lugar escogido por el asesino en serie argentino, Ernesto Guevara, para fijar su residencia con su esposa Aleida March.

Aquella casa había pertenecido al cuñado de Batista, Roberto Fernández Miranda, hermano de la primera dama Martha Fernández. En fin el mismo burguesismo que el periodista Antonio Llano Montes denunció en la revista Carteles.

Vista de la mansión del Chancho Argentino em Tarará, que era el seudónimo con el que firmaba sus artículos en la revista deportiva Takle. 

Fue allí, en la calle 14 y esquina a 17, donde junto al fiscal Humberto Sorí Marín que después fue fusilado, y a espaldas del designado presidente Miguel Urrutia Lleó, le dio forma a la comunista "Ley de Reforma Agraria" que le confiscó todas las propiedades agrícolas a los empresarios y campesinos en Cuba.

CHERNOBIL

Pero a partir del 29 de marzo de 1990 pasaría a albergar el mayor programa sanitario para los niños afectados por el accidente de la planta nuclear atómica de Chernobil, ocurrido cuatro años antes. 

Allí se atendieron a más de 25 mil niños afectados por las radiaciones procedentes no solo de Ucrania, de la URSS y de su aliado mas servil, Bielorrusia, la mayoría afectados por cáncer, deformaciones, atrofia muscular, problemas dermatológicos y estomacales, así como altos niveles de estrés postraumático por haber experimentado el horror nuclear.

Ante todo hay que ser empáticos. Para nadie es un secreto que aquella explosión causó muchos muertos, y muchos otros los dejó crónicamente enfermos en los años subsiguientes, sobre todo niños. 

Pese a que la URSS lo intentó mantener en secreto, se calcula que a largo plazo murieron más de diez mil personas. Una de las enfermedades más comunes fue el cáncer de tiroides. Lo que salió de ese reactor nuclear fue cuarenta veces mayor que una bomba nuclear.

Pripyat, una ciudad de 50 mil habitantes construida para alojar a los trabajadores de la instalación y a sus familias, no fue evacuada hasta 36 horas después de la explosión. Cientos de miles de adultos y niños quedaron expuestos a la contaminación. Muchos de los menores desarrollaron luego cáncer de tiroides y leucemia, probablemente por inhalación o ingestión de yodo 131 o cesio 173.

El propio dictador Fidel Castro recibió al pie de la escalerilla del avión al primer contingente de 139 niños afectados el 29 de marzo de 1990. Tres meses antes de la llegada de los primeros niños, Fidel Castro avisaba desde el Teatro Karl Marx en La Habana que venían malos tiempos. 

La caída del Muro de Berlín era el preludio de la inminente implosión del bloque soviético. Los problemas en Europa Oriental podrían ser “tan graves que nuestro país tuviera que enfrentar una situación de abastecimiento sumamente difícil”, dijo Castro ya en enero de 1990. 

Prypiat, escenario del accidente en Ucrania, es una ciudad fantasma. 

Esto sucedió en 1986, hacen ya 40 años, pero igual hay que decir que Cuba no tenía los medios económicos para ayudar a esos niños, y si Castro lo hizo fue porque entonces Ucrania estaba siendo sometida todavía por Moscú, como parte de la hoy extinta Unión Soviética.

Y pese que ya para entonces Castro sabía que tras el colapso comunista se le acababa la mesada millonaria, se mantuvo en sus treces y quiso mantener en marcha el programa de los niños sin saber los cubanos que aquel era el preámbulo de un largo período en el que se sumergió la isla.

Desde entonces el cubano ha vivido acosado por un marcado escasez, los apagones, el hambre, y carencias de todo tipo, que ni siquiera "chupándole la sangre" al gorila venezolano Hugo Chávez, que llegó al poder en Venezuela en 1999, se pudo salir de aquello. 

Tanto fue así, que el propio tirano ordenó que todo aquel programa se mantuviera en relativo secreto porque no fue solo Chernoil, también se recibieron las víctimas del terremoto de Armenia en 1988, y hasta los brasileños que manipularon una fuente radioactiva de Cesio 137 en la ciudad de Goiânia.

Desde entonces los niños cubanos no vieron nunca más una barra de mantequilla en sus mesas, a menos de que sus padres la compraran con los dólares enviados por sus familiares desde el extranjero. Ninguno de sus hijos, del solidario Fidel Castro me refiero, se privó de nada. Hoy, como todo, Tarará es pasto de la desidia, del abandono, y la desgracia de este maldito régimen comunista.

Maldita Hemeroteca