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ENCUENTRO ENTRE JOSÉ LACHAMBRE Y ANTONIO MACEO


La etapa del general Antonio Maceo en la capital de Cuba no es muy conocida. Desde el encuentro con el poeta Julián del Casals, el cual quedó perdidamente enamorado del caudillo, a juzgar por sus expresiones, hasta las amistades españolas que hizo pasando hasta por un duelo. Vamos por partes.

Atendiendo a una solicitud del general Antonio Maceo de visitar Cuba en 1890, el capitán general Manuel Salamanca y Negrete accedió a la misma. La polémica decisión trajo inquietudes entre los más celosos guardianes del colonialismo en la isla. Maceo le había prometido que su regreso a Cuba era netamente familiar.

Por aquellos días, el general cubano pudo confraternizar con los principales jefes españoles de la ciudad, en especial el general José Lachambre Domínguez y el entonces coronel Fidel Alonso de Santocildes, incluso llegó a presenciar un duelo entre Lachambre y el periodista cubano Agustín Cervantes, director del periódico La Tribuna, el que fue concertado a espada.

Como padrinos de Cervantes, hombre extremadamente susceptible a los comentarios ajenos actuaron Miguel Figueroa y el duelista Varona Murias, en tanto que por Lachambre, que por el contrario era un hombre extremadamente educado y cuidadoso con sus opiniones, los señores Nicolás Cadenas y Benítez y Hortensio Tamayo. El general Antonio Maceo fue invitado a presenciar este desafío. 

Ambos contendientes resultaron heridos, Cervantes en el hombre y Lachambre en el abdomen. Al concluir, Maceo se acercó al español y le manifestó: «[...] General se ha batido usted como un valiente».

Hospedado en el hotel Inglaterra donde residía Lachambre, este lo invitó a Maceo a cenar surgiendo entre ambos una -no disimulada- amistad y admiración mutua. Lo mismo con el ayudante de Lachambre, entonces capitán Federico de Monteverde al que años después Maceo le obsequió unos de sus machetes de combate. 

En abril de 1895, el general Lachambre ocupaba el puesto de gobernador militar de la provincia de Oriente. Al arribar el general Antonio a su jurisdicción, le escribió la siguiente nota: «[...] Mi general: he entrado en su jurisdicción. Pronto nos veremos la cara. El triunfo se lo dé Dios al que sea más esforzado. Su amigo. Antonio Maceo». Era la clara manifestación del respeto entre adversarios.

También al hotel Inglaterra, durante la visita de Maceo a La Habana en 1890, se dirigió a saludarlo el entonces coronel burgalés (de Burgos) Fidel Alonso de Santocildes, su rival en el combate de San Ulpiano. La identificación fue mutua y rápida. Surgió entre ambos una relación de sincera admiración. Santocildes, quien fungía entonces como jefe de Orden Público en la capital, llegó a alertarlo de un intento de asesinato.

Fidel Alonso de Santocildes. 
Al despedirse, con la nobleza típica de caballeros, acordaron encontrarse en los campos de Cuba, si hubiese una nueva contienda. La vida les brindó la ocasión.

El 13 de julio de 1895, en Peralejo, muy cerca de la ciudad de Bayamo, una poderosa columna española bajo el mando del capitán general Arsenio Martínez de Campos se enfrentó a tropas cubanas comandadas por el general Antonio Maceo.

Santocildes, formando parte del Estado Mayor de aquella fuerza, asumió el protagonismo bélico que siempre le caracterizó.

Sus dotes de mando atrajeron la atención de los rifleros cubanos, y un certero disparo le causó la muerte. En realidad fueron tres balazos, según las declaraciones de testigos presenciales.

Recibió los dos primeros en el pecho, a pesar de lo cual, y desoyendo las indicaciones de sus soldados que le decían: 

-¡Que está usted herido, mi General! Retírese, que se desangra, Santocildes respondió impertérrito:

-No es nada hijos míos, dos arañazos. ¡Adelante Fuego!..

La tercera bala, mortal por necesidad, le entró por la oreja derecha cayendo de su caballo exánime y exclamando con el último aliento: 

-"No me abandonéis hijos míos". 

Esta victoria - a pesar de la narrativa triunfalista - tuvo para el general Antonio Maceo un sabor muy amargo. En Cuba Santocildes (Cubo de Bureba Burgos, 24-4-1844 – Peralejo Cuba, 13.7-1895) era el amigo de todos, y no había persona que no tuviese por él veneración. En los veinte años de su permanencia en la Isla, alcanzó una popularidad que no llegó a conseguir ningún otro militar español o funcionario público.


Maldita Hemeroteca
Fuente: Biografía (Fidel Alfonso de Santocildes)
Andrés Javier García 1897