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ATENTADOS EN LA HABANA: EL ENVENAMIENTO DE ROMULO BETANCOURT

Rómulo Betancourt en declaraciones a la prensa. // 

El 18 de abril de 1951 el líder político venezolano, Rómulo Betancourt, sufrió un intento de asesinato en el barrio del Vedado, en la Habana.

Betancourt, que se encontraba en el exilio en ese momento cuando una junta militar encabezada por Carlos Delgado Chalbaud y Marcos Pérez Jiménez le derrocara en 1948, cuando un sicario se abalanzó sobre él e intentó inyectarle con una jeringa alguna sustancia letal. 

Sin embargo el político consiguió evadir aquel líquido, que más tarde se supo que era Iperita, el gas mostaza usado en la Primera Guerra Mundial. Además un médico Cubano le aplicó calor en la zona del "posible impacto" y evitar así todo riesgo de entrada de la toxina en su brazo.

La jeringa quedó como prueba y fue enviada al Laboratorio de Química Legal de la Policía Secreta cubana. En cambio meses más tarde, otras investigaciones apuntarían a que la sustancia no era gas mostaza, sino veneno de cobra, traído expresamente a la habana para cometer el crimen. El mandatario dijo a la prensa...

“Yo estaba abriendo el automóvil y oí los pasos precipitados de un señor alto… que traía en la mano un aparato… hice un esguince rápido, él lanzó el puyazo y el aparato saltó. El hombre perdió el equilibrio, lo empujé, él trastabilló, saqué mi pistola… pasó una mujer y no disparé y el hombre se fue corriendo…”.

La conspiración historia recoge que no se trató de acto aislado. Betancourt afirmaría sin rodeos: “Trujillo (el mandatario y dictador dominicano Leónidas Trujillo) tomó parte activa en colaboración con la dictadura de Pérez Jiménez en Venezuela, en este intento que acaban de hacerme en La Habana. Si esa aguja entra, no estoy aquí contándolo”, diría después el propio Betancourt. 

El dictador dominicano y el régimen militar venezolano compartían un objetivo: eliminar a uno de los políticos más incómodos de la región. La policía cubana, bajo órdenes del jefe de la Secreta, Erundino Vilela Peña, investigó y descubrió que los autores materiales eran tres italoamericanos venidos de Cayo Hueso, en la Florida, EEUU.

“Uno se llamaba Joe Cacceatore; de los tres, uno mató a otro y estaba con el reparto del botín… el otro se vino a Venezuela, donde estaba un señor Torres, agente trujillista que había servido de enlace entre Trujillo, Pedro Estrada y Pérez Jiménez con estos gánsters. Eran unos asesinos a sueldo”, dijo el agente.

El informe confidencial que Vilela Peña entregó en noviembre de 1951 al presidente Carlos Prío Socarrás, quien le había brindado protección a Betancourt, donde se precisaba que un dominicano llamado Carlos Torres, residente en Miami, había contratado a la banda por 150 mil dólares, presuntamente financiados por la Junta de Gobierno venezolana. 

En la Habana, la revista Bohemia publicó un editorial con fecha del 29 de abril con palabras afiladas: 

“Fue un procedimiento siniestro y sombrío, propio de aquellas épocas de las repúblicas italianas cesarizadas en el Renacimiento, en que el arte de matar se vio asistido por todos los refinamientos y maquinaciones de la ‘razón de Estado’… concretamente: hay todas las razones del mundo –aparte de las que se fundan en las declaraciones del propio Betancourt– para hacer responsable de ese crimen, directa o indirectamente, al Gobierno militar de Venezuela”.

Con el paso de los años este atentado, que siempre fue desmentido por diplomáticos venezolanos y de otros países, quedó sepultado en el olvido. Pero los documentos, las crónicas y la memoria de los protagonistas lo devuelven hoy a la superficie. Pocos años después, en 1960, Gallego fue víctima de otro intento contra su vida.

Atentado de 1961 en Venezuela. 

El 24 de junio de 1960 fue atacado cuando se dirigía a la celebración del Día del Ejército. Fuertes explosiones sacudieron la Caravana de carros que se desplazaba por el Paseo de los Próceres. Las fuertes explosiones le hirieron ambas manos. De nuevo el gobierno, apuntó hacia la República Dominicana y la violenta dictadura de Leónidas Trujillo.

Total, que en 1951 una aguja cargada de muerte estuvo a un segundo de cambiar la historia de Venezuela y de América Latina. Aquella tarde en La Habana quedó demostrado que las dictaduras no sólo disparaban balas… también sabían inyectar veneno.

Fue apenas un intento ante la realidad que se le venía encima al país. La organización Archivo Cuba, con sede en Miami, señala, por ejemplo, que en todos estos años se han fusilado a 3.116 personas y otras 1.166 fueron ejecutadas extrajudicialmente, aunque reconoce que es "muy difícil" saber los números exactos ni tampoco los métodos.