En su ensayo político sobre la Isla de Cuba, publicado por primera vez en el año 1804, el sabio alemán Alejandro de Humboldt se lamentaba sobre el pésimo estado de las calles habaneras y citaba a las volantas como el medio de trasporte más abundante, al señalar que “…se andaba con el barro hasta la rodilla, y la muchedumbre de calesas o volantas, que son los carruajes característicos de La Habana
En la Cuba del siglo XIX, los cocheros más emblemáticos eran esclavos o libertos afrodescendientes conocidos como caleseros. Eran los encargados de conducir los elegantes quitrines y volantas que transportaban a la élite urbana. Su figura fue fundamental en el desarrollo y la movilidad de la época.
Por lo general iban aseados y bien vestidos como ejemplo de la familia a la cual servían. Solían nacer en las casas de sus amos y se sometían a un arduo y a menudo castigo físico durante su aprendizaje. Además de conducir, debían limpiar el carruaje y acicalar a los caballos. Hacia finales de siglo, muchos lograron emanciparse y se convirtieron en cocheros de alquiler o plaza, ganando mayor libertad de movimientos a cambio de conducir vehículos menos ostentosos.
Entre sus vehículos más comunes se encontraba el Quitrín por excelencia del siglo XIX, un modelo de carruaje de origen estadounidense pero fabricado en el país, con aspecto similar a la calesa muy ligero de un solo eje, adaptado al clima tropical por contar con un toldo de lona y ruedas muy altas para sortear los caminos de tierra.
Este medio de transporte impresionó muchísimo a la condesa de Merlín, Da María de las Mercedes Santa Cruz y Montalvo, como reflejarían en su Viaje a La Habana, publicado en el año 1844, al afirmar que: “… el quitrín o la volanta, con su carácter particular, su extravagante conductor y su mula de trote, tienen alguna cosa de misteriosa y de singular que recuerda la góndola de Venecia".
Por otro lado, y basado en la definición que hace en su Diccionario de voces cubanas, edición del año 1879 que cita el historiador de la Habana, Don Emilio Roig de Leuchsenring en su obra "La Habana: apuntes históricos", nos cuenta que:
NOTA: El peso duro de ocho reales precedió a la libra esterlina de oro británica y al dólar de Estados Unidos. De hecho, los estadounidenses se basaron en su modelo para desarrollar su propio dólar. Se llamó "Real de a ocho". Era fabricada en gran parte con plata americana y fue la primera moneda en internacionalizarse en la historia moderna.
En la Cuba del siglo XIX, los cocheros más emblemáticos eran esclavos o libertos afrodescendientes conocidos como caleseros. Eran los encargados de conducir los elegantes quitrines y volantas que transportaban a la élite urbana. Su figura fue fundamental en el desarrollo y la movilidad de la época.
Por lo general iban aseados y bien vestidos como ejemplo de la familia a la cual servían. Solían nacer en las casas de sus amos y se sometían a un arduo y a menudo castigo físico durante su aprendizaje. Además de conducir, debían limpiar el carruaje y acicalar a los caballos. Hacia finales de siglo, muchos lograron emanciparse y se convirtieron en cocheros de alquiler o plaza, ganando mayor libertad de movimientos a cambio de conducir vehículos menos ostentosos.
Entre sus vehículos más comunes se encontraba el Quitrín por excelencia del siglo XIX, un modelo de carruaje de origen estadounidense pero fabricado en el país, con aspecto similar a la calesa muy ligero de un solo eje, adaptado al clima tropical por contar con un toldo de lona y ruedas muy altas para sortear los caminos de tierra.
Este medio de transporte impresionó muchísimo a la condesa de Merlín, Da María de las Mercedes Santa Cruz y Montalvo, como reflejarían en su Viaje a La Habana, publicado en el año 1844, al afirmar que: “… el quitrín o la volanta, con su carácter particular, su extravagante conductor y su mula de trote, tienen alguna cosa de misteriosa y de singular que recuerda la góndola de Venecia".
Por otro lado, y basado en la definición que hace en su Diccionario de voces cubanas, edición del año 1879 que cita el historiador de la Habana, Don Emilio Roig de Leuchsenring en su obra "La Habana: apuntes históricos", nos cuenta que:
“El quitrín era el carruaje insustituible de nuestros campos: con sus ruedas enormes, para darle mayor impulso e impedir que pudiese volcarse; sus largas, fuertes y flexibles barras de majagua le daban a aquella un movimiento lateral, suave y cómodo; su fuelle, de baquetón, para contrarrestar en algo los ardores de nuestro sol", eran tirados por uno, dos o tres caballos criollos".
Un número significativo si tenemos en cuenta la población total —apenas sobrepasaba los 185 000 habitantes. Sin embargo a partir del 23 de enero de 1865 que se inauguró el transporte público formal en La Habana, las "guaguas" tiradas por caballos, carruajes de manufactura inglesa que podían transportar hasta una decena de pasajeros se fueron imponiendo.
Este auge en el desarrollo del transporte citadino si bien se consolidaría en la segunda mitad del decimonónico, —al sumarse al concierto del transporte público el ferrocarril de tracción animal—, fue la consecuencia directa de un proceso de rediseño urbano que tuvo su inicio en las primeras décadas del siglo, resultado de una dinámica económica en alza basada principalmente en la industria azucarera
De a poco el icónico sistema de cocheros de caballos comenzó a dar paso a los primeros vehículos de motor a finales de siglo, con la llegada del primer automóvil a La Habana en diciembre de 1898, entre otras cosas motivado por el crecimiento demográfico experimentado por la ciudad que justificó con creces las nuevas demandas de transporte urbano.
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El alquiler de una volanta de La Habana al Cerro o a Jesús del Monte podía valer un peso fuerte y seis reales, un precio considerable según el costo de vida de la época y el valor monetario de entonces. (un peso fuerte eran ocho reales)
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Por otro lado estaba la Volanta, precursora del quitrín, con una cabina cerrada y fija, muy utilizada para trayectos largos. En ciudades como Bayamo, los coches de caballos se introdujeron a principios del siglo XIX como un medio ágil y popular, convirtiéndose en un importante símbolo de identidad local.
Según los datos recogidos por Justo Zaragoza para el censo del año 1827, en La Habana se contaban con varios miles de volantas y quitrines y centenares de cocheros y otros oficios afines, y en estadísticas posteriores realizadas por el gobierno español, como el censo del año 1862, esta cifra asciende a aproximadamente 4350 coches.
Según los datos recogidos por Justo Zaragoza para el censo del año 1827, en La Habana se contaban con varios miles de volantas y quitrines y centenares de cocheros y otros oficios afines, y en estadísticas posteriores realizadas por el gobierno español, como el censo del año 1862, esta cifra asciende a aproximadamente 4350 coches.
Este auge en el desarrollo del transporte citadino si bien se consolidaría en la segunda mitad del decimonónico, —al sumarse al concierto del transporte público el ferrocarril de tracción animal—, fue la consecuencia directa de un proceso de rediseño urbano que tuvo su inicio en las primeras décadas del siglo, resultado de una dinámica económica en alza basada principalmente en la industria azucarera
De a poco el icónico sistema de cocheros de caballos comenzó a dar paso a los primeros vehículos de motor a finales de siglo, con la llegada del primer automóvil a La Habana en diciembre de 1898, entre otras cosas motivado por el crecimiento demográfico experimentado por la ciudad que justificó con creces las nuevas demandas de transporte urbano.
Aun así, todos estos "novedosos" sistemas de transportación continuaban siendo tirados por caballos, tanto así, que hasta la llegada de los tranvías durante todo el
siglo fueron movidos por tracción animal.
Habría que esperar el fin de la contienda bélica y que apareciera el financiamiento necesario para emprender la titánica obra de introducir la electricidad en las líneas de tranvías de La Habana, privilegio que estaría destinado, ya en el siglo xx, gracias al capital foráneo.
Maldita Hemeroteca
Fuentes citadas en el texto.
La acuñó el Imperio Español a mediados del siglo XVI, impulsada por las abundantes riquezas que le trajo la colonización de América. Incluso, cuando el imperio ya estaba en decadencia, siguió siendo unas de las divisas más competitivas en el mundo extendiendo su predominio hasta finales del siglo XIX.
