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MANOLO CASTRO

 
 Nació en La Habana en el año 1910 en el marco de una familia de la clase media alta. Su padre, el doctor Manuel Castro Targorona, ocupó un tiempo después los cargos de subsecretario de Educación durante el gobierno de Alfredo Zayas y de secretario de la Universidad de La Habana.

Gracias a ese respaldo económico familiar, pudo realizar sus primeros estudios en el Colegio de Belén, de los padres jesuitas. A continuación ingresó en el Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana, donde comenzó a manifestar sus primeras inquietudes políticas, que se acentuaron después de matricular en 1929 en la universidad habanera la carrera de Ingeniería Civil.

A partir de entonces se incorporó al movimiento estudiantil contra el régimen de Machado, se sumó al Directorio Estudiantil Universitario (DEU), tomó parte en manifestaciones y en otras protestas públicas y estableció estrechas relaciones de camaradería con varios jóvenes revolucionarios, entre ellos Ramiro Valdés Daussá.

La noche de carnaval del domingo 22 de febrero de 1948. Por el Paseo del Prado y por delante del Parque Central desfilaban las carrozas y las comparsas, con la alegría y la música que las caracterizaban. El pueblo habanero, las gentes humildes, las familias con sus hijos disfrutaban de aquella fiesta anual.

Muy cerca de allí, en la esquina de San Rafael y Consulado, delante del cine Resumen, más tarde llamado Cinecito, conversaba animadamente Manolo Castro con tres integrantes de la frustrada Expedición de Cayo Confites, así como también con el estudiante universitario Manuel Corrales, quien por entonces mantenía en un plano muy discreto su militancia en el Partido Socialista Popular (Comunista) para poder infiltrarse en los distintos grupos de nuestra casa de altos estudios.

De impróvido una lluvia de balas cayó sobre ellos; a corta distancia, desde distintos ángulos, cinco pistoleros les disparaban y elegían como principal blanco al expresidente de la FEU, quien trató de buscar protección detrás de un auto estacionado, pero allí cayó fulminado. También resultó muerto uno de sus amigos y dos recibieron graves heridas. Corrales salió ileso. Ninguno de los agredidos portaba un arma.

Los autores del crimen huyeron en distintas direcciones, pero uno de ellos, que fue identificado después como Gustavo Ortiz Fáez, de 20 años, estudiante de Agronomía de la Universidad de La Habana y miembro de la Unión Insurreccional Revolucionaria resultó detenido por un policía cuando corría por una de las calles cercanas con una pistola aún humeante en la mano y balas en los bolsillos del pantalón.

La prueba de la parafina le resultó adversa y fue el único procesado por aquel crimen. De muy poco le valió que apelara a su condición de ahijado del presidente Grau. En septiembre del año siguiente se inició el juicio en su contra y al final lo condenaron a veinte años de cárcel. Aproximadamente en 1957 salió en libertad. El cadáver de Manolo Castro fue llevado al Hospital de Emergencias, donde se le hizo un registro a sus ropas. Solo le encontraron 25 centavos y una cajetilla de cigarros.

En este centro asistencial se presentaron de inmediato, entre otras personalidades, el escritor y líder anti-trujillista dominicano Juan Bosch, Eufemio Fernández y el rector de la Universidad Clemente Inclán, quien decidió suspender las clases y todas las actividades docentes y que el velatorio se llevara a cabo en el Aula Magna de este centro de estudios superiores, lo que fue respaldado por los catedráticos de todas las facultades. 

El doctor Inclán, quien fue denominado unos años después el Rector Magnífico por su extraordinario desempeño, declaró a la prensa, conmovido: «He sentido mucho la muerte de Manolo Castro. En las relaciones que tuve con él, mientras fue presidente de la FEU, nunca tuve un momento de queja, ya que en todo momento, Manolo Castro fue un gran poder moderador y siempre actuó pensando en universitario.». A continuación se sucedieron las guardias de honor, el desfile de estudiantes y profesores ante su féretro, las declaraciones de condena al crimen execrable. 

En tal sentido se manifestaron, con mayor o menor dosis de indignación, el presidente entonces de la FEU Enrique Ovares, el presidente de la Escuela de Filosofía y Letras Alfredo Guevara, el Movimiento Socialista Revolucionario, la Confederación Campesina de Cuba, la Asociación de Ex Combatientes Antifascistas Revolucionarios, el claustro docente de la Facultad de Ingeniería, la entidad antifranquista Casa de la Cultura a través de su órgano oficial, España Republicana, y de modo personal muchas figuras de relieve político social e intelectual. 

Su sepelio se llevó a cabo al atardecer del día siguiente y una numerosa comitiva acompañó sus restos mortales a lo largo de la calle 23 hasta la Necrópolis de Colón, donde fueron depositados en una bóveda familiar. Despidieron el duelo, con sentidas palabras, Enrique Ovares y Rolando Masferrer, mientras a su lado lloraban la madre de Manolo Castro, su esposa y los dos pequeños hijos de ambos.

¿Quién ordenó su asesinato y qué razón hubo para eliminarlo? La primera pregunta resultó fácil de responder desde los primeros momentos y los años han confirmado la acusación: fue la Unión Insurreccional Revolucionaria, que entonces tenía como máximo encargado de decidir las ejecuciones al pistolero José de Jesús Ginjaume. 

La segunda pregunta ya es más difícil de contestar, pues demás está decir que los miembros de estos «grupos de acción» no dejaban nada escrito ni levantaban actas de sus reuniones clandestinas ni ventilaban públicamente los argumentos de sus actos de violencia. 

Solo a través de rumores, de suposiciones, de algunos comentarios echados a rodar en su momento y de testimonios ofrecidos muchos años después se tiene la referencia de que Manolo Castro había comenzado a hacer gestiones, por medio del ministro Alemán, cerca del presidente Grau, para que fuera exonerado de culpa su viejo amigo Mario Salabarría, a quien en aquellos días se le seguía juicio por los sucesos de Orfila, que lo incriminaban de un modo irrefutable.


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