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Yarini, una tragedia Habanera del siglo XX


Un 22 de noviembre de 1910, con apenas 26 años, fallecía el chulo más famoso de todos los tiempos en Cuba, Alberto Manuel Francisco Yarini y Ponce de León, ultimado a balazos por el chulo francés Louis Lelot, su rival "de profesión".

Alberto fue el último de tres hermanos. Cursó estudios en el colegio habanero San Melitón y después prosiguió su educación en los Estados Unidos, de donde regresó a los 19 años para convertirse de inmediato en un clásico representante de la juventud burguesa de su época.

Habitual de la Acera del Louvre donde acudía cada tarde con sus amigos distinguidos -ninguno de los cuales trabajaba- a beber unos tragos y a lucir sus trajes cortados a la medida, hechos con las mejores telas y adornados con yugos, leontinas, botonaduras y pasadores de corbata que valían fortunas. Y más tarde a sus juergas nocturnas.

Yarini Ponce de León, proxeneta patriarcal, Rey de Chulos, o Rey de San Isidro como también se le conocía, era un tipo de muy buen ver, poseía un gran porte natural incrementado por su dandismo. Siempre bien rasurado y mejor peinado, de hablar pausado y en voz baja bien modulada, y con un refinamiento que le venía de cuna.

Hablaba el español y el inglés con la perfección de quien no posee gran cultura. Era educado, todo sonrisas y gestos refinados con las damas cuando se encontraba en el mundo social, político y familiar, mientras que en sórdido ambiente de San Isidro era el tipo guapo (valiente) al que había que hablarle bajito, con respeto y rendirle pleitesías.

Simpático, generoso, distribuía por igual monedas y palmadas entre los habitantes del barrio de San Isidro, el peor afamado de la ciudad. Yarini era amigo de pobres y ricos, de negros y blancos, a quien siempre se podía recurrir con la certeza de no resultar defraudado.

Lugar exacto donde cayó baleado Yarini

Pagaba con su propio dinero los alquileres de unas cuantas negras viejas retiradas ya de la prostitución, quienes lo adoraban y halagaban. De él, se decía, en el barrio de San Isidro era “hombre a todo”, frase que le ha sobrevivido.

Mantenía en su domicilio de Paula 96 entre tres y siete mujeres que trabajaban para mantenerlo; y lo mismo se iba a bailar a los peores salones de La Habana que se liaba a puños y a balazos con lo peor de las alcantarillas.

Pero tenía otra vida que incluía desayunar cada día en la casa de sus padres, reunirse con los correligionarios de su partido, ir en las noches a la Ópera y otros centros de cultura de élites y cortejar, o ser amante, de distinguidas damas de la aristocracia y la alta burguesía habanera.

Yarini no hacía un secreto de su ambición de postularse para concejal y, en un futuro no muy lejano, llegar hasta la silla presidencial. En San Isidro coexistía con los apaches, así llamaban los cubanos a las pandillas de chulos franceses capitaneadas por el parisino Luis Letot, de temperamento tal vez no demasiado violento, que acostumbraba decir que había que “vivir de las mujeres, y no morir de ellas”, y podía mostrarse en ocasiones tan exquisito como un cortesano de Versalles.

Así se comportó con Yarini cuando este le robó escandalosamente la joya más valiosa de su último cargamento de prostitutas desembarcado en La Habana, la pequeña Berthe, hermana de su concubina Jeanne Fontaine, y por tanto su propia cuñada. Berthe, de 21 años, rubia y de ojos azules, se la tenía como la mujer más bella que paseó por las calles de aquel barrio en mucho tiempo.

Yarini en persona anunció a Letot su relación con Berthe, y el francés se encogió de hombros. No contento con eso, poco después, completamente solo pasó frente a la casa de Letot y le gritó burlón y a voz en cuello, que guardara muy bien a sus putas porque la Petit Berthe no bastaba para calmar la calentura que tenía en aquellos días.

Letot, sin perder la calma, le respondió: “Yo me voy a morir una sola vez”, y esa simple frase actuó como el conjuro que decretó la extraña tragedia donde ambos fueron protagonistas. En ese momento Yarini compartía su casa de la calle Paula con tres mujeres en perfecta armonía. Elena Morales, una mulata en la flor de sus 22 años, Celia Martínez, una mestiza preciosa y la discutida Petit Berthe, la francesa por la que lo mataron.

Días después los dos capos caían abatidos a balazos en una embestida que nunca ha sido del todo aclarada, y en la que de un lado participaron Letot revólver en mano disparando contra Yarini a quemarropa en plena calle, mientras que sus compinches le apoyaban abriendo fuego desde las azoteas.

Del otro un Yarini que supuestamente no alcanzó a disparar su revólver, seguido de un tal Pepe Basterrechea, que de un solo disparo en medio de la frente, tendió difunto a Letot sobre las sucias piedras de la calle.

José Basterrechea (derecha)
Pero... ¿quién era José Basterrechea? 

El cabo suelto en la muerte violenta del Rey de San Isidro fue José Basterrechea, joven vizcaíno muy bien parecido y de elevada estatura, que era su mejor e inseparable amigo por razones que aún escapan a la comprensión.

De extracción humilde, comía en una fonda de mala muerte donde Yarini acudía cada tarde puntualmente después de cenar en la casa paterna. Iba allí tan solo para encontrarse con el vasco Pepito, y de ahí continuar en su compañía las andanzas nocturnas.

De Basterrechea se conoce poco, no se le conoció como chulo, y como tampoco trabajaba, Yarini lo mantenía a él y a su madre. Pepito mantuvo hasta su propia muerte en la pared principal de todos sus domicilios un retrato de cuerpo entero de Yarini, y se afectaba visiblemente cuando se le nombraba en su presencia.

Existe una foto en que está de pie junto a Yarini en una pose extrañamente familiar, casi íntima. En la época, tal colocación era la usual en las fotos de parejas, donde el hombre se mantenía gallardamente sentado mientras la mujer de pie y a su lado.

La nota exculpatoria en el hospital de Emergencias

Antes de morir, en el Hospital de Emergencias, Yarini escribió, en un recetario una nota en que se culpaba de haber disparado con su arma la bala que mató a Letot, exonerando así de toda responsabilidad a su querido Pepito.

La historia relata que le pidió papel al alcalde de la Habana allí presente, Freyre de Andrade y escribió: “De las tres heridas recibidas por el francés, el único responsable soy yo. Se las di al sentirme herido”.

Yarini murió a las 10:30 de la noche del 22 de noviembre de 1910. Desde el hospital, el cadáver fue trasladado, bajo protección policial, a la casa de la familia, en Galiano No. 22 (116, actual) entre Ánimas y Lagunas.

Entierro de Yarini

En torno al féretro, en la capilla mortuoria, montada por la funeraria Caballero, las guardias de honor se relevaban cada cinco minutos. Se calcula que unas diez mil personas desfilaron ante el cadáver para despedirlo. 

Todo el mundo asistió a aquel entierro memorable: desde el presidente de la República, José Miguel Gómez, hasta los homosexuales más baratos de San Isidro. Por las calles, mientras tanto, se desplegaban fuerzas de la Policía Montada y del Cuerpo de Infantería, para impedir cualquier acción de los “apaches” franceses.

A las 9:15 partió el cortejo.

El día 24, desde las ocho de la mañana, una multitud compacta esperaba la salida para el cementerio y colmaba la calle Galiano, desde Lagunas a Virtudes, y la calle Ánimas, desde San Nicolás hasta Blanco.

Lo encabezaba una carroza imperial tirada por cuatro parejas de caballos, y dotada de cuatro palafreneros, el cochero y un postillón. Seguía el coche con las coronas y detrás la banda de música de la Casa de Beneficencia. El sarcófago era transportado en hombros de seis amigos, que se turnaban por tramos. 

Al llegar a Carlos III, en contra de la voluntad de los amigos más íntimos, se colocó el féretro dentro del coche fúnebre, mientras que la gente lo seguía a pie hasta el cementerio. Detrás avanzaban 200 coches vacíos, entre ellos el del Presidente de la República. 

Garantizando el orden público ocho vigilantes de caballería, que se relevaban de acuerdo con las demarcaciones correspondientes, les acompañaban. Los encabezaban el mismo jefe de la Policía, brigadier Armando de la Riva, y sus más cercanos colaboradores

El entierro 

El ilustre sociólogo y pensador Enrique José Varona, figura dirigente del Partido Conservador, encabezó con su firma la esquela mortuoria de Alberto Yarini, mientras que Miguel Coyula, nombre destacadísimo también en esa organización política, tuvo a su cargo la despedida de duelo.

En el cementerio de Colón se dieron cita el ñáñigo y el profesor universitario, el policía y el delincuente, el comerciante y el honrado artesano, el político y el proxeneta, el profesional y el operario, el negro y el blanco, se mezclaban entre la concurrencia. 

La venganza

Desde la muerte de Alberto Yarini, Louis Lotot y Raoul Finet, la violencia se apoderó de San Isidro. Los chulos cubanos, los feroces guayabitos, declararon la guerra eterna a los apaches franceses.

A pesar de la redada que realizó la policía, los amigos de Yarini no estaban dispuestos a verlo morir tranquilamente. Por eso, el 22 de noviembre, a las 5 y 50 de la tarde, se produce la segunda gran batalla de aquella guerra absurda. Los compañeros de Yarini se emboscaron en la calle Zapata, en las faldas del Castillo del Príncipe, y esperaron pacientemente el regreso de los “apaches” que asistían al entierro de Lotot.

Entonces Antonio Infante, el negro Secundino Sánchez, el mulato Marcial Mendoza y Antonio Álvarez, alias El Curro, se lanzaron a la calle cuando vieron la carroza que traía a los franceses. El conductor detuvo el carruaje y se dio a la fuga, pero sólo otros dos franceses lograron imitarlo. 

Ernest Laviere cae herido de gravedad y Raoul Finet muere degollado. Algunos días después, otro de los amigos de Yarini cuyo nombre es un secreto todavía bien guardado, continuó la venganza y, con un palo de escoba afilado como una lanza, le atravesó el pecho a un “apache” galo.

La inseguridad de la ciudad se hizo insoportable, y fue entonces que el 23 de octubre de 1913, por un decreto presidencial, quedó oficialmente suprimida “la zona de tolerancia de San Isidro”… pero no la prostitución.

Fuente: Internet y extractos del libro de Leonardo Padura "El viaje más largo", tomado de Fotos de la Habana.