BREAKING

10/recent/ticker-posts

ERNESTO GUEVARA: Lo que hay que oír

El capellán español Javier Arzuaga contabilizó 55 fusilados entre febrero y mayo de 1959 y, que se sepa, nadie le cuestionó su palabra mientras vivió.

En la plataforma youtube hay una entrevista al popular actor cubano Luis Alberto García, donde en una de las preguntas que le hicieron, en relación a la figura del comandante castrista Ernesto Guevara, este respondió que le parecía que había sido "un tipo excepcional". 

Lo justificó diciendo que en vida este guerrillero comunista tomó determinaciones que ninguno del gobierno cubano se había atrevido, y que "en todas las guerras y revoluciones" se cometían horrores de los dos bandos. Si por un lado -"decían"- que Guevara había pasado fusilando, por el otro Batista también había bombardeado la Sierra Maestra y.... en fin, bla bla bla.

No sabemos, probable que sí, porque ese señor es un bicho que un día se levanta maldiciendo lo que pasa en el país y en otro se ciñe el machete mambí, según dice él, conoció la existencia del difunto párroco vasco Javier Arzuaga, un cura que cuando no había cumplido siquiera los 30 años, le tocó asumir una labor que le marcaría de por vida: la de dar asistencia espiritual a 55 oficiales y colaboradores del régimen de Fulgencio Batista, que habían sido condenados a muerte por la recién estrenada revolución cubana.

En 1959 Arzuaga vivió en Cuba los cinco meses más difíciles de su vida. Como párroco de Casablanca, un barrio marino situado al otro lado de la bahía habanera, acompañó y asistió a 55 condenados a morir en el paredón de fusilamiento, por expreso deseo del Fidel Castro y ejecutados por el comandante Ernesto Guevara, que en ese entonces se encontraba al mando de la fortaleza habanera de la "Cabaña" donde eran ejecutados.

Al salir de Cuba, Arzuaga se fue ha residir a la ciudad de Atlanta, en los EE.UU, y para ese entonces ya había dejado el sacerdocio en 1974 mientras estuvo en Puerto Rico, dónde se casó con Stella Andino y tuvo sus tres hijos. Pero nunca rompió sus lazos con Oñati, su ciudad natal en España, donde seguían viviendo varios de sus familiares.

Sus recuerdos - decía en vida - sobre lo que ocurrió en aquella fortaleza en 1959, estuvieron cuarenta y pico años encerrados en un baúl con un sello que decía 'silencio'. En parte por dejar al descubierto los problemas íntimos de dudas e inseguridades que según él cargaba por aquellos días, y por otro porque entendía que así sus recuerdos no rozarían las vidas de unos hombres que iban al paredón a fusilar, y para ser fusilados. 

Su estancia en Cuba le marcó para siempre. 

Los dos primeros años de su estancia en cuba Fulgencio Batista era quien estaba en el poder, y Fidel, con su gente, en la Sierra Maestra en Oriente. En teoría el 1 de enero de 1959 había nacido una nueva Cuba, al menos así lo veía la mayoría de la gente, y Arzuaga, según sus propias palabras, se unió «al júbilo general, sin necesidad de que nadie me empujara». 

El también creía en la revolución, pero a su juicio la personalidad descontrolada de Fidel, a quien también conoció personalmente, hizo que todo se les fuera de las manos. En cambio su relación con el argentino Guevara fue más estrecha. 

En aquella entrevista Arzuaga habló de los Ladrón de Guevara «que avasallaron durante siglos su pueblo de Oñati», mientras contaba algunas anécdotas. 

«No pretenderá que yo repare las barbaridades cometidas por mis antepasados, si de hecho lo son ¿verdad?», dijo.

En cambio este asesino, que no sé lo de Oñati, pero en Cuba sí que produjo un baño de sangre literalmente, y en cambio se fue de este plano existencial sin responderle al pueblo cubano por sus actos.

HISTORIAS DE EJECUTADOS

Su primera ejecución fue doblemente traumática. Se trató del comandante Pedro Morejón, que antes de ser ejecutado intentó suicidarse con la sabana en su celda. Este reo, una vez que se recuperó del intento, fue ejecutado justo en la fosa que daba a las mismas ventanas de la galería de la muerte, con lo cual los prisioneros escucharon todo como una tortura previa de lo que les esperaba. 

Los otros dos de ese día fueron comandante del ejercito Sosa Blanco y el teniente coronel Ricardo Luis Grau. El comandante Victor Bordón Machado fue quien dirigió la "fúnebre orquesta". Por cierto, este Ricardo Luis Grau, a pesar de estar muy enfermo y muy delgado, fue el único que Arzuaga recuerda que una vez recibió la descarga, no se desplomó al piso y seguía vivo. 

El oficial responsable de la ejecución sacó su pistola, pero no sabía cómo darle el tiro de gracia. Hizo un disparo y no acertó. Volvió a tirar, pero el reo continuaba con vida. Y el cura, que implorado sin éxito pedía que le llevasen a un hospital, era incapaz de seguir escuchando sus gemidos. Pero el comandante Félix Duque Estrada insistía en que debía morir ese día.

«Entonces le agarré a Alfonso (quien mandaba el pelotón) de la muñeca, le acerqué con fuerza su mano a la cabeza del ejecutado y le grité "jala, jala yá"». 

Haló del gatillo y Grau sacudió su cuerpo. Con la respiración entrecortada, temblando, le di la extremaunción», dijo el padre. Esa noche Javier despertó a un compañero suyo de religión y le dijo: «Quiero confesarme, hoy he matado a un hombre». 

Arzuaga también medió ante Guevara para que aplazase la ejecución de un joven de 17 años de edad y de nombre Ariel Lima. Luego de una semana en la galera de la muerte, el 'Che' se mostró inflexible con su caso. De hecho cuando la madre del condenado fue a verlo pidiendo clemencia, la desvió hacia el párroco diciendo despóticamente: 

«Señora, le recomiendo que hable con el padre Javier, que dicen que es un maestro consolando y dando ánimos». Y el propio sacerdote remacha: «Nunca la volví a ver. Esa noche -escribió - odié al 'Che'». 

Los meses pasaban y la nómina de fusilados crecía. Cada vida que se apagaba ante sus ojos añadía desasosiego a la crisis de fe que le torturaba. Uno de ellos que no era creyente, un hombre culto que había sido antiguo jefe de inteligencia de Batista, le dejó paralizado cuando le susurró al oído en presencia del pelotón: 

«Padre... ¿podría, por favor, prestarme su fe para presentarme con ella allá donde vaya?». 

Sus vidas, la del párroco y el asesino argentino, no volvieron a cruzarse jamás. Al sacerdote no le dejaron regresar a Cuba y el guerrillero moriría tiroteado, años después, en la selva de Bolivia: 

«Más de una vez he pensado que me hubiera gustado estar cerca cuando le llegó la hora de partir. Quién sabe, a lo mejor también a él». dijo. 

Maldita Hemeroteca