BREAKING

10/recent/ticker-posts

DUELOS EN LA ACERA DEL LOUVRE. (I)


En trabajos anteriores nos referiríamos a que protagonistas de enfrentamientos en el último tercio del siglo XIX, frecuentaban diariamente la Acera del Louvre. Jóvenes en su mayoría, con lazos de parentesco con las principales familias de la sociedad habanera, muchos de ellos de excelente posición económica que tenían un alto concepto del honor.

Eso explica la serie de incidentes, muchos de ellos de trágicas consecuencias, pues eran verdaderos duelos y no comedias. De hecho a diferencia de Europa los sables que usaban eran siempre afilados en la casa de Ribis, la de Galiano entre Salud y Reina. 

Uno de los más sonados lances fue el ocurrido en año 1887 entre el licenciado Francisco Varona Murias, abogado y periodista conceptuoso cuyas críticas provocaban siempre diversas reacciones, y el también periodista Pascasio Álvarez director del semanario “El Asimilista“. 

El incidente lo originó el artículo que bajo el título de “Tipos habaneros: Los hombres que matan“, publicó Álvarez en dicho semanario y que Varona Murias estimó injurioso. De manera que designó a sus amigos Fermín Valdés Domínguez y al famoso escritor costumbrista Felipe López de Briñas, para que retaran al provocador que aceptó el duelo.

La primera entrevista con los padrinos de Álvarez, que lo fueron don Manuel Romero Rubio y don Francisco Romay, se celebró el 22 de julio sin que se llegara a una solución por la serie de exigencias planteadas por los representantes de Álvarez, que a toda costa pedían la elección de armas para su apadrinado.

Al celebrarse la segunda reunión surgieron los mismos obstáculos. Entonces Varona Murias perdiendo la paciencia, calificó en uno de los diarios habaneros de asqueroso el artículo publicado por Álvarez a quien llamó miserable, de vida abyecta y conducta vergonzosa. Y como eso era lo que precisamente Álvarez deseaba, tuvo el derecho de elección de armas.

Colocado ya en el plano de ofendido y por ser un experto tirador de pistola, eligió esa arma con las siguientes condiciones: duelo a quince pasos de distancia, los disparos se harían en el intermedio de la segunda a la tercera palmada y, finalmente, que el duelo no se suspendería hasta la completa inutilización de uno de los contendientes

Aceptadas integrantemente las condiciones, firmaron el acta correspondiente por Varona Murias los señores César Aenlle y Ernesto Jerez, y por Álvarez, Don Ricardo Pastor y Don Antonio Osuna.

El duelo se celebró en terrenos de la estancia “La Purísima Concepción”, una finca conocida también por “Los Zapotes“ que estaba situada en la carretera de Güines, no muy distante de lo que era entonces el caserío del Luyanó, actuando como juez de campo Don José Martínez Oliva. 

Iniciado el combate al sonar la segunda palmada se pudieron escuchar dos disparos casi simultáneos, sin resultado para los contendientes. Sólo después del segundo disparo, la bala disparada por Álvarez causó una leve lesión en el costado derecho a Varona Murias, sin que los padrinos contrarios se apercibieran de ello.

El duelo continuó manteniéndose serenos y tranquilos ambos combatientes. Cargadas de nuevo las pistolas, les fueron entregadas sonando entonces la segunda palmada que ordenaba el tercer disparo.

Al sentirse el estampido de las detonaciones Pascasio Álvarez contrajo el rostro en trágico gesto de dolor, y soltando la pistola se llevó ambas manos al vientre, dando señales de desfallecimiento. Martínez Oliva corrió hacia él y extendiéndole un brazo le dijo: 

“Apóyese en él“. En tanto que esta escena se desarrollaba, Varona Murias fue palideciendo de manera alarmante, tanto que Martínez Oliva gritó: 

“¡César, Jerez, acudan a ver a Pancho!“. “No estoy herido“ les dijo mientras le entregaba el arma que aún sostenía en la mano. Sus padrinos le dieron entonces que se marchara, pero Varona prefirió solicitar de los padrinos la debida autorización para hacerlo.

Pascasio Álvarez, que en tanto era reconocido por los médicos, presentaba una herida de unos ocho centímetros en el octavo espacio intercostal a nivel de la línea axilar, que produjo una intensa hemorragia que momentos después le ocasionó la muerte.

Las dos pistolas usadas en este duelo pertenecían al general Carlos Guas y Pagueras, que las conservó con devoción por haberse usado en uno de los duelos más famosos de Cuba, entregándolas, años después como obsequio, a su profesor y amigo el maestro José María Rivas, director de la sala de armas del Capitolio quien las conservó.

Artículo original de Luis Bay Sevilla
publicado en el Diario de La Marina el 27 marzo de 1947.