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| Mulberry Street, Lower East Side, New York 1981.// |
En el 1891, a los veinte años de edad, Enrique Loynaz y del Castillo trabajaba como agente de una compañía de seguros. Solía viajar a Nueva York y fue allí donde conoció a José Martí. Más tarde regresó a su país, se trasladó para Camagüey, ciudad en la que vivían sus padres.
Pasó el tiempo, y en 1894, siendo ya socio de una naciente compañía de tranvías eléctricos, embarcó hacia Nueva York para comprar algunos, aprovechando la cobertura y de acuerdo con Martí, escondió 200 rifles y cerca de 48 000 cápsulas, debajo de los asientos de los carros que introdujeron en Cuba, cargamento que fue descubierto por una delación tal y como lo cuenta él mismo en una carta publicada en el periódico Patria de Nueva York, el 11 de mayo de 1894.
Aquí su artículo...
Una fría mañana de noviembre de 1891 el vapor que conducía desde la inmensa bahía de Samaná, en la República Dominicana, un grupo heterogéneo de viajeros —comerciantes, estudiantes y el holandés adiposo, representante de la compañía que por un empréstito abusivo habíase apoderado de las aduanas dominicanas— deslizábase en las tranquilas aguas de la fantástica bahía de New York.
Mientras subíamos las escaleras decía Carrillo: “Este es el gran disparate: ¡llevar este muchacho a Martí es para que salga dando vueltas de carnero! Ya lo verás” … ¡Apenas anunciados los nombres de los dos próceres de Cuba, apareció, con los brazos abiertos, José Martí!
Delante, entre brumas, la gigantesca Estatua de la Libertad y en el erguido brazo la antorcha triunfal de los derechos del hombre.
Por entre enjambre de vapores de todas clases, en coro atronador de silbatos, dejamos atrás la estatua colosal: en ruta al muelle, sobre el río del Este.
Como si todas las grandezas se agruparan ante nuestros ojos asombrados, ahora teníamos delante el puente monumental que sobre el río majestuoso une a Brooklyn y New York. A uno y otro lados los altísimos rascacielos, con sus hileras de ventanas iluminadas. Por todas partes el ruido ensordecedor de la inmensa colmena.
¡Bajamos a la tierra de los libres! Policía ninguno, ni oficial de inmigración nos preguntó el objetivo de nuestro viaje; en la gran metrópoli entramos como en nuestra casa.
Me hospedé en la casa de Mrs. Mayorga —55 Concord en Brooklyn— en el mismo cuarto ocupado por los generales Serafín Sánchez y Francisco Carrillo.
La amable Mrs. Mayorga era viuda de un cubano.
Desde la siguiente mañana, mi preocupación primera —antes que el cobro de mis comisiones— fue conocer a Martí. Tanto supliqué a mis generales, que a poco tomábamos el elevado, cruzábamos el gran puente y llegábamos a la casa de 120 Front St., cuyo tercer piso lo ocupaba la oficina del Apóstol de la revolución.
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| Loynaz con sombrero y vendaje en un dedo, tras la pausa en un acto de recordación en que un anciano mambí sufrió un desmayo. |
Mientras subíamos las escaleras decía Carrillo: “Este es el gran disparate: ¡llevar este muchacho a Martí es para que salga dando vueltas de carnero! Ya lo verás” … ¡Apenas anunciados los nombres de los dos próceres de Cuba, apareció, con los brazos abiertos, José Martí!
A mí me latía intensamente el corazón.
—Martí, aquí le traemos el más ferviente de sus admiradores: este muchacho, de familia camagüeyana que dio mucha sangre a Cuba. Él lleva hasta la locura la pasión de la patria.
Pasamos a la sala. Notables escritores de nuestra América española hacían tertulia al calor de la estufa llameante…
Una gran escritora americana, Helen Hunt Jackson, la genial autora de Ramona —que Martí tradujo embelleciéndola—, acompañaba a los latinos. Se había tratado en aquella tertulia de la teoría que acababa de presentar —en la edición dominical del Herald— el gran inventor Edison acerca de la estructura de los átomos.
Atribuíales la original teoría la formación de dos hemisferios cargados de opuesta electricidad —positiva y negativa— a cuya concurrencia giraba vertiginosamente la materia atómica. La teoría no fue exacta, como se descubrió después: a la aparición de la moderna descripción de los electrones.
Al terminar nuestra larga visita ya Martí nos había regalado, con amable dedicatoria, sus últimos libros.
En el de Ramona había escrito: “A Enrique Loynaz, que amará, con su alma tierna y fogosa, a mi pobre Alejandro”. Y viendo empolvado mi sobretodo, tomó un cepillo, y con esmero lo sacudió. ¡Y antes que pudiera impedirlo, había también sacudido el polvo de mis zapatos!…
¡A mí me pareció tener delante la reencarnación de Jesucristo!
Carrillo advirtió: “Ya tú ves, Serafín, lo que te anuncié: que este muchacho saldría de la casa de Martí dando vueltas de carnero”. En todo el camino de regreso solo hablamos de Martí: de su sencillez, de su atrayente personalidad, de su conversación amenísima, como no ha existido otra, de sus ojos tristes y acariciadores… en fin, que el general Carrillo tenía toda la razón.
Fuente: Enrique Loynaz del Castillo: “Carta a la redacción de Patria”, San José, Costa Rica, 20 de junio de 1894,
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