La Semana Santa es una de las fiestas más importantes en España, sino la que más. Es, como casi todas, una celebración religiosa. Dura una semana, desde el Domingo de Ramos, hasta el Domingo de Resurrección.
Las fechas varían cada año, pero siempre son entre el 22 de marzo y el 25 de abril. Es una semana de penitencia (castigo) por la muerte de cristo, excepto el último domingo, el de resurrección, que es un día de alegría.
¿Qué se celebra cada día? Los días más importantes de la Semana Santa son el Jueves y Viernes Santo, donde se conmemora la muerte de Cristo, el Sábado Santo, con la Sepultura de Cristo y el Domingo de Resurrección.
Todos los días tienen un significado, pero estos son los más celebrados, tanto por la iglesia, como en las calles. El Domingo de Ramos, el primer día, se conmemora la entrada de Jesucristo a Jerusalén.
La gente lo aclamó y recibió con palmas y ramas de olivo. Por eso es tradición llevar palmas ese día para que sean bendecidas. Después, se cuelgan en los altares de las casas o en los balcones y se dejan todo el año para que traigan buena suerte al hogar.
El lunes, martes, miércoles y Jueves Santo, se hacen misas y se celebran los pasos. Cada día se saca a la calle un paso diferente, en lo que se llama procesión y cada uno conmemora lo que pasó en ese día.
Los pasos son unas estructuras formadas por una mesa o plataforma, sobre la que se colocan imágenes del evangelio. Suelen pesar alrededor de unos 1500 kg, y lo levantan entre unas 40 personas.
Es un honor llevarlos durante las procesiones y la gente se llega a emocionar mucho, tanto por cargar con ellos como por verlos pasar.
El Viernes Santo la iglesia manda guardar ayuno y no comer carne en todo el día como forma de penitencia.
Se solía comer bacalao, porque era el pescado más barato y la tradición se ha mantenido hasta ahora. Si querías comer carne ese día, tenías que pagar a la iglesia una bula, que era un permiso concedido por la iglesia.
En ese día también es tradición comer buñuelos de viento. Se trata de un postre hecho con harina, agua, aceite, leche, azúcar, levadura, huevos, una pizca de sal y mantequilla que finalmente se fríe. Es un postre dulce y muy típico de esta época del año.
EN CUBA
Esta celebración en Cuba viene de los días de la colonización y la evangelización española de nuestra región. La religión católica penetró todos los ámbitos de la vida y no solo existen los malos ejemplos y las historias negras como la de Hatuey, que más que rechazar el Cielo de Dios rechazó la terrible colonización de la espada.
Están también las historia del Misionero de Macaca en la hoy diócesis de Bayamo-Manzanillo que catequizaba con el Ave María por toda la región y las Fiestas de los Cabildos esclavos que salían el 6 de enero, Día de Reyes, para expresar libremente sus culturas. Las costumbres, nuestros pueblos, calles y ciudades llevan nombres cristianos.
Los fundadores de nuestra nacionalidad y de la República invocaron el nombre de Dios en la Constitución y pidieron al Papa que declarara oficialmente a María, la madre de Jesús, como Patrona de la República de Cuba bajo el paradigmático nombre de “Virgen de la Caridad”.
Los siglos y las sucesivas generaciones se ocuparon de asentar estos cimientos y construir sobre ellos el edificio de la Nación. La “Cruz de la Parra”, se conserva y venera todavía hoy como el signo cinco veces centenario de la llegada del mensaje de Jesucristo, muerto y resucitado, como ha sido la historia del pueblo cubano.
Llegó 1959 y un repentino giro hacia el marxismo-leninismo entronizó el extraño ateísmo de Estado con el pretendido intento de borrar para siempre un “reflejo fantástico de la realidad” que era como el materialismo oficial calificaba a la religión. Se persiguió la tenencia de la fe, la práctica religiosa y toda manifestación pública de la fe.
Al mestizaje se unió el sincretismo pero la Semana Santa con sus “Guanos Benditos” del Domingo de Ramos, su Santo Entierro del Viernes Santo y su Sábado de Gloria con campanas al vuelo, entraron a formar parte de nuestra naciente cultura criolla.
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| Cubanos en la procesión de Regla, en la Habana. |
Llegó 1959 y un repentino giro hacia el marxismo-leninismo entronizó el extraño ateísmo de Estado con el pretendido intento de borrar para siempre un “reflejo fantástico de la realidad” que era como el materialismo oficial calificaba a la religión. Se persiguió la tenencia de la fe, la práctica religiosa y toda manifestación pública de la fe.
Se discriminó, se encarceló, se segregó de la sociedad a todo aquel que profesaba públicamente una religión, sea cual fuere.
Así fue hasta que llegó el mes de enero de 1998 y arribó a Cuba el primer Papa que nos visitara, San Juan Pablo II, con motivo de su viaje se volvió a declarar feriado el día de Navidad.
Y allí, en la Plaza Cívica José Martí de La Habana, durante la celebración de la Misa el 25 de enero de 1998, el Santo Padre me entregaba junto con otros 19 laicos cubanos una Sagrada Biblia bendecida por él representado a los miles de laicos perseverantes a lo largo de los oscuros años de persecución religiosa.


