Me sorprendió cuando lo supe. Resulta que un locutor de radio cubano, Raidel Hernández Fernández, que nació en el año 1971 en la ciudad de Colón, en Matanzas, fue esposo de la poetisa Carilda Oliver Labra, a pesar de que la doña le llevaba medio siglo de diferencia. No lo sabía la verdad.
No lo digo por nada, cada quien ama y se une con quien le da la gana, le gusta y se siente a gusto, pero no me negará que es cuando menos curioso que un joven de esa edad haya sentido amor por una anciana nacida en 1922, que si no llega a morir en el 2018 hubiera rebasado un siglo de vida. Por eso lo digo, no por otra cosa. Más, que la mayoría de las veces han sido relaciones por conveniencia, pero en este caso no fue así.
Pudo ser - digo - que el amor llegó porque como él estaba vinculado también a la actividad literaria, se vio arrastrado por el talento erótico y sensual de Carilda, todo hay que decirlo. De hecho, muchos de sus poemas estaban inspirados en un amor loco y desenfrenado, incluyendo su "Canto a Fidel", porque al parecer a la doña "le ponía" el uniforme verde oliva en aquellos años de efervescencia rebelde.
Lo dijo ella misma, que estuvo colada hasta los huesos por Camilo Cienfuegos; y a punto de caer en brazos del argentino Ernesto Guevara en una ocasión el hotel Habana Hilton. Pasiones guerrilleras aparte, Carilda dejó un legado en la poesía muy digno de destacar, no por gusto fue ganadora del premio "Reina Sofía", creo que la única.
Fue considerada, junto a escritoras del calibre de Gabriela Mistral, Dulce María Loynaz, Fina García Marruz, Alfonsina Storni, Delmira Agustini o Juana de Ibarbourou, entre lo más selecto de la poesía hispana del continente. Tanto, que la propia Mistral la calificó como «la mejor sonetista de América». Eso no quita tampoco que entre poemas atrevidos y declaraciones encendidas "se desordenara" a cada rato.
Las crónicas de entonces aseguraban que en 1957 se había desordenado con el premio nobel de literatura norteamericano Ernest Hemingway, supuestamente durante un viaje en Yate en Matanzas. Luego aseguró que aquella vez en alta mar "no hubo nada". Es más, en su libro "Antes de que anochezca", el escritor Reinado Arenas contó una anécdota delirante que al final fue puesta en duda.
Dijo que una de aquellas tertulias que ella daba en su casa de la calle Tirry, No 81, en la ciudad de Matanzas, había un poema que tenía un acento marcadamente pornográfico, y que cuando lo declamó su marido irrumpió de pronto con un sable en la mano y le gritó: «Puta, te dije que no leyeras ese poema». Carilda, en cambio, lo siguió leyendo mientras se quitaba la ropa y se quedaba en bragas.
El marido, totalmente fuera de sí, le pegó con el sable en la espalda, mientras ella salía corriendo desnuda por todo el barrio al grito de: «Párate, puta». Dicen que le suplicaba: «Por favor, mátame; pero no des este escándalo en mi ciudad». Estuve muy fuerte aquello de haber sido cierto.
No han faltado los que han puesto en dudas a Reinaldo Arenas, no sabemos si por respeto o que, inclusive no sabríamos decir si Arenas se refería al señor Hugo Ania Mercier, aquel que se intentó quitar la vida dos veces, la primera en el mismo día de la boda en 1952 y, la segunda y definitiva, en 1976. A él le dedicó el poema «En vez de lagrima».
Luego, ya divorciada, se casó con este hombre muchísimo más joven que ella, apenas tenía 21 años. En realidad, no debe resultar fácil contenerse cuando una mujer - por muchos años de más que tenga - te diga:
"Me desordeno, amor, me desordeno cuando voy en tu boca, demorada; y casi sin por qué, casi por nada, te toco con la punta de mi seno". O cuando te dice por ejemplo, «Quiero besarte arrodillada»,
Aunque ella aclaraba siempre que se refería en un altar de verdad. En su poema «Madrigales», por poner otro ejemplo, dice: «Esa boca que sale de paseo con su hambre de amor, totalitaria», ¿quiere algo más sensual? o «que la pasión emanaban sin permiso». Por cierto, con ese ganó el premio nacional de poesía en 1950.
Pese a todo su amor por el castrismo, hay que recordar que Carilda fue censurada por la dictadura por casi veinte años. Al parecer su tertulia matancera la vieron "un poco subversiva". Al final fue por gusto, porque su creación no se vio afectada para nada, siguió vendiendo libros y siendo una de las referidas. En una entrevista lo admitió, en cambio no le dio importancia alguna. Lo minimizó como "un error del pasado que era prudente olvidarlo".
Carilda demostró que con la irreverencia de su poesía y su feminismo fue una aventajada en el tiempo, infinitamente más que esa retrograda y conservadora dictadura que decía amar. En 1987, cuando se publica su antología, la doña ya tenía 65 años y aun así seguía siendo un icono de la sexualidad. De cierta forma, eso fue lo que le hizo daño a una obra que fue mucho más allá.
Pero ese su estilo, «Memoria de la fiebre», «Versos de amor», «Anoche», «Muchacho», «Recado», «Declaración de Amor», «Se me ha perdido un hombre» o «Libreta de la recién casada». Quizás a Raidel lo enganchara definitivamente con «Tinta de Locura», que en nuestra casi absoluta ignorancia en literatura, creemos que debió ser lo que terminó poniendo los puntos sobre las íes en esa dispar relación.
Lo mejor de todo es que el amor con este joven duró tres décadas, y como lo aconsejan los curas, más que un simple compromiso que la mayoría de las veces no se cumple, "Hasta que la muerte lo separe". Y así fue.
Por Jorge García
Maldita Hemeroteca

