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NECROFILIA CUBANA EN EL CEMENTERIO DE CAYO HUESO

La cubana María Elena Milagros Hoyos.
conocida como Helen, el día de su boda. //

Esta otra historia que, al igual que la de Manuel Cabeza, tuvo a la época y al cementerio de la Republica de la Concha como escenario. Pero esta es, quizás, mucho más tétrica o creppy, como le dicen en Estados Unidos. 

Cuando decimos la republica de la Concha nos referimos por supuesto a Cayo Hueso / Key West, ya que una vez por el 1982, a una parte de sus habitantes se le ocurrió la brillante idea de ser independientes de los Estados Unidos.

Así como fue que le llamaron, "Conch Republic", e incluso lo dice su bandera que en el centro muestra una enorme concha marina. Tuvieron hasta primer ministro, que fue el alcalde, además nombraron una embajada y hasta tenían pasaporte y todo. 

Aquellos isleños argumentaron sentirse como ciudadanos americanos de segunda clase, y protestaron por un puesto de control de la Patrulla Fronteriza en la carretera US 1, que en realidad ocasionaba verdaderas colas para entrar en el pueblo, afectando seriamente al turismo que era de lo que vivían.

Ya no, ya la concha y el rollo de la independencia es solo un reclamo turístico y nada más. Desde entonces, cada veintitrés de abril, día que se izó por primera vez esa bandera, se recuerda y celebra en Cayo Hueso la fallida "independencia", de hace casi medio siglo.

Dicho esto...

Corrían los años en que Estados Unidos se consideraba la tierra de las oportunidades, y muchos inmigrantes se afincaban allí intentando buscar un futuro mejor. Esto fue lo hizo el radiólogo alemán Carl Tanzler, protagonista de una de las historias más románticamente macabras y perturbadoras de principios de siglo XX, no solo en Cayo Hueso, en todo Estados Unidos y puede que en el mundo también.

Había nacido en 1877 en la ciudad alemana de Dresde y fue bautizado como Karl Tänzler, en una época en que esa ciudad formaba parte de la Sajonia del Imperio Alemán. En su familia, venida a menos, habían antepasados de cierta nobleza. De hecho, fue en Italia durante sus viajes donde uno de esos personajes cambió su vida por completo.

Se encontraba en la ciudad de Génova, y tuvo un sueño de lo más peculiar con uno de esos  antepasados: la condesa Anna Constantina von Cosel. En dicho encuentro onírico, su antepasado le reveló algo que no esperaba: la imagen de la mujer que guardaría su corazón para siempre, una “exótica dama de cabellos negros”.

Carl Tanzler Anna Constantina von Cosel

Pasaron los años y Tanzler se marchó en su juventud a Australia, antes de que estallara la Primera Guerra Mundial. Una vez dio comienzo el conflicto, el ejército británico le descubrió y le llevó hasta un campo de concentración para prisioneros “por su propia seguridad”. 

Al finalizar la guerra, le llevaron como un prisionero alemán hasta Holanda para un intercambio con los ingleses y, de allí se marchó de vuelta a casa de su madre con la que convivió tres años. Pasó el tiempo y contrajo matrimonio con Doris Schäfer con la que tuvo dos hijas: Ayesha y la pequeña Clarista Tanzler, que lamentablemente falleció a los 10 años víctima de la difteria.

Para entonces la familia había decidido trasladarse hasta Estados Unidos, donde residía una de sus tías maternas. Padre, madre y las dos hijas viajaron separados desde Rotterdam hasta Florida, pasando por La Habana. Pero un año después, Carl decidió forjarse una carrera en la medicina, de la que apenas tenía experiencia. Comenzó estudiando radiología en el Hospital de los Marines de Estados Unidos en Cayo Hueso. Allí decidió cambiarse el nombre por el de Carl von Cosel. 

Entonces conoció a una chica cubana llamada María Elena Milagros Hoyos, conocida como Helen. El padre de esta chica, Francisco Pancho Hoyos, había amasado una fortuna en Estados Unidos con la fabricación de cigarros y puros habanos, mientras que su madre, Aurora Milagros, era ama de casa que había tenido otras dos hijas: Florinda, a la que llamaban “Nana”, y a Celia.

Las tres encontraron marido a temprana edad, pero solo una permaneció casada el resto de su vida. Mario Medina, pareja de Nana, murió electrocutado en un accidente laboral que también le costó la vida a un compañero, tras golpear con una grúa un tendido eléctrico. Por su parte Helen, de una belleza particular, se casó con Luis Mesa, que la abandonó a los pocos años de contraer nupcias para marcharse a Miami, y sin saber que a Elena no le quedaban muchos años de vida por la tuberculosis. 

Tanzler conversa con la prensa

La tuberculosis era una enfermedad que no solo era extremadamente contagiosa a finales del siglo XIX, sino que con casi total seguridad terminaría cobrándose la vida de los que la padecían. Como fue este caso. En ese momento, y en uno de los muchos intentos de su madre Aurora Milagros por salvarle la vida, la llevaron a ver a Carl Tanzler, el falso médico residente en el hospital militar de la costa Floridana. 

Mientras para Helen se trataba de la vida o la muerte, Carl vio en ella a la mujer de cabellos oscuros que su antepasado le había revelado en sueños mientras estaba en Italia: la condesa Anna Constantina von Cosel, y cayó rendido a sus pies. Aquel enamoramiento repentino derivó en una obsesión continua con su propia paciente. Le agasajó con regalos, joyas, complementos, ropas, todo para conquistarla. 

Por otro lado intentaba salvarle la vida con una combinación caótica con el empleo de todos los medios que tenía a su alcance, y con los escasos conocimientos de medicina que acababa de adquirir de manera autodidacta. No pudo acabar de otra forma: La Cubana no solo no respondió bien al tratamiento, tampoco correspondió las muestras de afecto de su medico, falleciendo un 28 de octubre de 1931 y estando aun casada de manera oficial con el tal Luis Mesa.

Una obsesión mórbida: convivir con un cadáver

A pesar de haber sido rechazado por Helen Hoyos antes de morir, Tanzler se comportó tras el fallecimiento como si él fuese de verdad su viudo. Se hizo cargo de todo el servicio funerario, teniendo en cuenta que la situación económica de la familia Hoyos no era buena. Pero el ofrecimiento no quedó ahí: en vistas de las fuertes lluvias y tormentas que suelen acechar la costa de Florida, Tanzler le propuso a la familia de Elena construir un mausoleo dedicado a la fallecida. 

Resultó que con ese pretexto la visitaba cada noche durante los siguientes dos años. No obstante, las visitas nocturnas y las flores no fueron suficientes, y en el mes de abril de 1933 el cuerpo de María Elena Hoyos desapareció del mausoleo donde debía guardar descanso eterno. Con una carretilla y la madrugada como único testigo, Carl Tanzler se llevó el cadáver de su amada para su casa. 

Su laboratorio

Allí se dispuso a arreglarlo para que conviviese a su lado durante los siguientes siete años, como si estuviera viva, como si de su mujer se tratase. Unió los huesos con alambres y llenó las cuencas vacías de los ojos con pedazos de vidrio.

Habían pasado tres años del fallecimiento y la piel del cuerpo se encontraba en un avanzado estado de descomposición, entonces la reemplazó con tela de seda empapada en yeso de París, un tipo de yeso muy duro, fino y de extremada blancura.

Respecto al pelo, se las ingenió para utilizar una peluca que había sustraído previamente a la madre de Hoyos cuando todavía permanecía con vida y por cierto, murió de lo mismo. Se dijo incluso que había sido la madre la que le había contagiado la enfermedad. Pero seguimos...

Llenó el espacio del abdomen y el pecho con harapos y la mantuvo vestida con medias, joyas y guantes. Además, para tapar el olor, utilizó copiosas cantidades de perfume, desinfectantes y agentes preservadores de tejidos para enmascararlo. No duró mucho el ardid, aquello "explotó" como no podía ser de otra manera. 

En 1940 su hermana Florinda, que había escuchado rumores acerca de que había sido Tanzler quien había profanado el cuerpo de su hermana y que la mantenía con él en su residencia, se acercó hasta la casa para comprobarlo y pudo confirmar sus peores temores: se encontró el cuerpo de su hermana remendado y postrado sobre la cama del radiólogo. 

La policía detuvo a Carl, pero los delitos de sustracción de cadáver y profanación de tumbas ya había prescrito, de manera que el falso médico quedó en libertad. En cambio, uno de los aspectos más curiosos de esta historia fue la repercusión que su caso atrajo durante la década de los 40 del siglo pasado, no solo en la florida o los cayos, sino en todo Estados Unidos.

No tanto por lo horripilante del crimen, ni siquiera por las inexistentes consecuencias que tuvo para él robar durante siete años el cuerpo de Helen Hoyos, sino porque se le comenzó a percibir no como un necrófilo obsesivo y un romántico empedernido, alguien que iría hasta las últimas consecuencias con tal de vivir una vida junto a la mujer de sus sueños.

En 1944 se fue a vivir a Pasco County, en Dade City, Florida, donde se reencontró con su antigua mujer y una de sus hijas que quedaba viva. Durante los últimos diez de su vida se dedicó a promocionar su propia autobiografía, en la que contaba por supuesto los años que pasó junto al cadáver de la Cubana. Incluso el caso llegó a publicarse en la revista "Fantastic Adventures" de 1947.

Tanzler murió en Tampa el 23 de julio de 1952, tras años de cuidados de su ex pareja Doris, con la que había retomado parcialmente la relación en los últimos años de su vida. Pero lo más inquietante  fue lo que encontraron los agentes de policía junto al cadáver del radiólogo alemán. Los últimos años los había dedicado a la construcción minuciosa de una suerte de efigie egipcia con la forma de Helen Hoyos y que encontraron encima de su cama, ¡¡y con él encuero en pelotas!!.

La momia de Milagros

Se trataba solo de un muñeca ataviada con una máscara mortuoria con los rasgos característicos de la cubana. Su cuerpo estaba con sus mismas ropas y como en el pasado, hacía el papel de su compañera marital. Fue entonces que encontraron un raro artefacto cilíndrico en una mesa, junto a la cama. 

Durante los años de foco mediático de los que disfrutó el alemán, tras la publicación de su historia en el periódico Miami Herald, fue la posibilidad de que hubiera practicado necrofilia con el cadáver de Hoyos, y aquel cilindro metálico encontrado en 1952. Se encontraba forrado por dentro con telas de seda, con lo cual corrieron los rumores de que fue en ese artefacto donde pudo "consumar su matrimonio" con Helen Hoyos. 

Los investigadores no solo confirmaron esta teoría, sino que descubrieron después que las mismas prácticas las había estado realizando con la estatua que había convivido los últimos años de su vida. Terminar diciendo que al parecer su hermana decidió enterrar de nuevo a Helen en algún lugar secreto de aquel campo santo. 

En el museo de la guerra "Fort East Martello Museum", de la calle Roosevelt Boulevard, hay una replica de la cripta edificada por Tenzler, así como una tarja de mármol con una pequeña reseña que la recuerda. Sin embargo, nadie ha podido conocer en realidad donde se encuentra Elena sepultada, pues seguramente su hermana quiso evitar que aquella historia se repitiera con algún otro demente. 

Maldita Hemeroteca
Adaptado de COPE

Vea los animales típicos de Cayo Hueso.