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| Muerte de Maceo. Imagen recreada con inteligencia artificial. // |
"La madrugada del 7 de diciembre de 1996 -centenario de la caída en combate del Mayor General Antonio Maceo y Grajales y su ayudante el Capitán Francisco Gómez Toro-, el General de Ejército Raúl Castro Ruz se detuvo frente al brocal donde fueron lavados los cuerpos de Maceo y Francisco, después del heroico rescate realizado por el Coronel Juan Delgado, en la terrible escaramuza de la finca San Pedro, Bauta, actual provincia de Artemisa".
(Tribuna de la Habana, Dic 7 de 2018)
Si tan valientes fueron como aseguran los legajos castristas, ¿por qué diablos salieron corriendo en cuanto vieron caer a Maceo?. Tras la huida y posterior versión del médico personal de Maceo, el Dr Máximo Zertucha, que se entregó a los españoles en San Felipe al siguiente, describió en su juicio la escena cobarde que nadie fue capaz de desmentir, ni siquiera dos de sus más feroces inquisidores, los generales Pedro Díaz o el propio Argenter, que abochornados por la desbancada arremetieron en contra suya.
Da igual el contexto, mentiras como estas no solo hieren y confunden a los cubanos y llegan incluso a moldear una percepción falsa de nuestra historia, sobre todo cuando es dirigida a lectores sin posibilidades de contrastar y mucho menos de rebatir. Como dice el refranero popular, la verdad duele solo una vez, pero la mentira cada vez que se recuerda.
Todo el que lea esta bazofia histórica propia de la imaginación castrista, creerá que fue cierta la temeridad mostrada por aquellos oficiales que recataron los cuerpos inertes del general Maceo y su ayudante Panchito Gómez Toro. Por suerte la historia, la que fue escrita por otros e incluso por los protagonistas, no se parece en nada a la de estos mentirosos.
Luego de que Maceo tomara brevemente once pueblos en la Habana, casi sin resistencia, entre ellos "Hoyo Colorado" (Bauta) que lo hizo trizas y donde se despidió de Máximo Gómez para siempre, la invasión en Pinar del Río culminaba el día cuatro de diciembre cuando abandonó la provincia más occidental de la isla.
En todo ese tiempo Maceo solo pudo sumar a las filas independentistas a ciento diecinueve cubanos, de ellos la señora Catalina Valdés Páez que ella sola "aportó" a sus diez hijos, dos hijas y a su marido, el señor Francisco Páez. Pinar siguió estando en poder de los Españoles y ni un solo pueblo, por muy modesto que fuera, escapó de su control. No obstante el Titán tuvo el mérito de llevar sus huestes hasta allí, que no fue poco.
Nada se suele decir de la columna al mando del comandante Francisco Cirujeda que le enfrentó, y que le dio muerte en la localidad habanera de San Pedro. Pues si lo desconoce, sepa estaba formada por noventa jinetes cubanos conocidos como la "Guerrilla Peral", más veinticuatro cubanos más de la "Guerrilla de Punta Brava" que servían de apoyo a una unidad de infantería española compuesta de 365 soldados.
Incluso se sabe quien fue el soldado que los abatió, a Maceo y a Panchito, se llamó Victorino Campos Hernández, natural de León, norte de España, quien al comentárselo al comandante Cirujeda este le exigió un silencio absoluto que duró medio siglo.
También sería bueno señalar que ni él mismo supo que había dado muerte a Maceo hasta pasado unos días, mucho menos que con aquellos dos certeros disparos había hecho añicos el sueño de aquellos diezmados libertadores. De hecho esta muerte cambio la historia para siempre. Y no solo a Maceo, el fusilero Victorino también liquidó al ayudante e hijo de Máximo Gómez, Francisco Gómez Toro, con un segundo disparo.
Quien destapó este bombazo fue el periodista Ramón Vasconcelos Mariaglano, que lo publicó en un artículo del veinte de mayo de 1916 en el periódico “La Prensa”, bajo el título de “Flores de trapo”, donde dejaba entrever que Maceo había caído a mano de los cubanos.
Incluso citó un supuesto sueño con su hermano José Marcelino, muerto cinco meses antes de un certero balazo en la cabeza en la Loma del Gato, en Oriente, que en vida se lo había "pronosticado":
"... Caerás en una emboscada de los nuestros; de allá no regresaras vivo, pero si me dejas el machete, me llego hasta tu cadáver y vengo tu muerte".
Esta historia ya había sido contada por el general catalán José Miró Argenter, que en asuntos relacionados con su jefe Maceo era de pluma fácil y fantasiosa. Relató un proceso febril por el que atravesaba Maceo días antes de su caída, que le produjo esos sueños con familiares fallecidos. Pero con respecto al falsa recuperación de los cadáveres, en su crónica publicada en el periódico "La Lucha" en 1897 se puede leer este fragmento:
"... Todo "pintaba muy bien" para España que contaba con 190 mil soldados y 70 mil voluntarios en la isla, frente a una maltrecha fuerza de apenas 7 mil mambises a lo sumo. Por tanto no es capricho, ni manía ninguna, cuando aseguramos que tanto Máximo Gómez como Calixto García se encontraban al borde de colapso marginados en Oriente por las fuerzas de Weyler".
Dicho esto, retomamos la falacia inicial que es lo que nos ocupa. En la búsqueda delos cuerpos estuvieron los coroneles Juan Delgado, Alberto Rodríguez Acosta, y Ricardo Sartorio Leal; el teniente coronel Dionisio Arencibia Pérez; los capitanes José Miguel Hernández Falcón, (Quien los encontró) José Cadalso Cerecio y Ramón Delgado González. Los tenientes coroneles Ignacio Castro Ruiz, José María Herrera Roig, Emilio Laurent García e Hilario Llanes Sánchez.
Tambien participó el sargento Anacleto Merchán Rodríguez y los soldados Esteban Carmona Collazo, Herculano Rodas Hernández, José Herrera Ayala, Antero Castañas, mientras que el teniente coronel Dionisio Arencibia fue quien marcó con el machete el árbol identificativo donde Pedro Pérez Rivero, y sus tres hijos Romualdo, Leandro y Ramón, los sepultaron".
Si tan valientes fueron como aseguran los legajos castristas, ¿por qué diablos salieron corriendo en cuanto vieron caer a Maceo?. Tras la huida y posterior versión del médico personal de Maceo, el Dr Máximo Zertucha, que se entregó a los españoles en San Felipe al siguiente, describió en su juicio la escena cobarde que nadie fue capaz de desmentir, ni siquiera dos de sus más feroces inquisidores, los generales Pedro Díaz o el propio Argenter, que abochornados por la desbancada arremetieron en contra suya.
Al respecto Miró matizó después:
"No era cosa de lanzarse sin orden ni concierto; dominó la serenidad, tan necesaria en aquellos momentos, y comprendiendo que hacían falta más refuerzos, el coronel Sánchez mandó á uno de sus ayudantes en busca de ellos, quedando nosotros junto á una cerca de piñón!. Ya no se oían tiros.
Todo indicaba que la columna española emprendía retirada y que no llevaba consigo el cadáver de Maceo, pues de no ser así el vocerío de la tropa, al apoderarse de tan valioso trofeo, hubiera atronado los espacios.
El cadáver del General y el de su ayudante Gómez fueron hallados al fin por el grupo que quedó junto á la cerca de piñón, al mando del teniente coronel Delgado, y en el mismo sitio en que cayeran bajo el plomo enemigo.
Nuestras bajas en el combate fueron seis muertos y treinta y tres heridos: entre éstos, además del Jefe de Estado Mayor, el coronel Nodarse y el comandante Justiz, ya mencionados, y el coronel Gordon y el comandante Ahumada de los que con el General habían pasado la Trocha.
Entre los jefes y oficiales de las demás fuerzas, los tenientes coroneles Delgado y Acosta y comandantes Cerviño y Sánchez. Siento no poder estampar los nombres de los restantes por no habérseme facilitado por la Sanidad la relación correspondiente".
Hicieron gran defensa a su favor Zertucha los generales Mayía Rodriguez y Juan Eligio Duchase, hermano del también General Vidal Duchase, así como el coronel ayudante Manuel Piedra Martel, una de las fuentes de nuestro trabajo.
Fue una determinación que tomó Zertucha al ver que, de regreso al campamento, aquellos hombres querían justificar sus miedos "cargándole el muerto" nunca mejor dicho. Les señalaron incluso como el chivato que dio a los españoles los datos de la ubicación de Maceo. No solo eso, varios "feke news" aparecidos en la prensa de EEUU, como el Journal, The New York Herald, The World, y The Mail and Express, sugerían "un posible envenenamiento" por parte de Zertucha.
Al final quedó demostrado que la vergüenza por el abandono de los cuerpos fue lo que les hizo regresar al lugar de los hechos. Uno de ellos, Miguel Hernández, fue quien dio con los cadáveres cuando ya pocos españoles quedaban en el lugar saqueando lo que quedaba, y que previendo un nuevo ataque se estaban retirando.
Todo ese tiempo que los españoles permanecieron solos, y fue lo que posibilitó que el general Valeriano Weyler pudiera presumir durante años de haber sido el dueño de varios y muy valiosos objetos personales de Maceo y que luego, a su muerte, la familia donó al museo de las Islas Baleares. De allí salió en el año 2018, y seguramente para no volver, la rustica silla de tronco de palma del lugarteniente. Por cierto... ¿sabe alguien a donde fue a parar su reloj?.
Jorge García
Maldita Hemeroteca
Fuentes: General Valeriano Weyler. "Mi mando en Cuba". 1897 General José Miró Argenter. Crónicas de la Guerra. Editorial Lex 1945. Soto Paz Rafael. "El médico de Maceo" ¿Fué Zertucha un traidor? (Sección "El ayer que vive aún". Documentos sensacionales inéditos hasta ahora). Revista Bohemia. 1949.
