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SI AURELIO HEVIA SALE DE SU TUMBA SE VUELVE A MORIR


Si Don Aurelio Hevia viera en el estado en que se encuentra su casa de la calle 15, No. 606 entre B y C, en el Vedado, "se regresa al cementerio de Colón de nuevo, triste y cabizbajo". 

Esta mansión fue construida en los primeros años del siglo XX para residencia familiar del Coronel del Ejército Libertador cubano y abogado Aurelio Hevia Alcalde y su esposa Sara de los Reyes-Gavilán y de la Guardia, quienes formaron familia allá por el lejano 1899. El señor Gavilán se alzó en armas en la zona de los Palos, en la Habana y limítrofe con San Antonio de Cabezas en Matanzas, una región asolada por el bandidaje criollo. 

Fue uno de los que vino en el vapor vapor Three Friends en 1896, poniéndose a las ordenes de José Maceo y más tarde como ayudante del mayor general Calixto García ("muy amigo de José") con el grado de capitán. Integró la asamblea constituyente de Yara y fue nombrado subinspector del tercer Cuerpo de Camagüey hasta el 1898, pasando al quinto cuerpo, bajo las órdenes del entonces general de división Mario García Menocal.

Aquí transcurre la infancia de sus hijos mayores, entre ellos Carlos Hevia de los Reyes-Gavilán, quien llegaría a ser en enero de 1934, Presidente efímero de la República y un fuerte candidato a las malogradas elecciones de 1952, y nacen sus hijos menores, compañeros inseparables de sus vecinos contiguos, Eugenio, Renée y Sarah, los hijos menores del General Ejército Libertador cubano Domingo Méndez Capote.

Entre septiembre de 1898 y junio de 1899 terminada la guerra fungió como secretario de Estado y de Justicia durante la Primera Intervención norteamericana y ratificado como Secretario en el primer gobierno republicano de Tomás Estrada Palma hasta 1908. Debio ser por eso - posiblemente - que su casa fue dejada al abandono. El coronel Hevia murió en en la Habana el 22 de enero de 1945.

Por cierto, siendo secretario de estado, le dio la orden a al brigadier general Armando de la Riva, entonces jefe de la Policía Nacional, para que arremetiera contra el juego ilícito que estaba lastrando la economía de los más infelices. Esta orden dio como resultado que el siete de julio de 1913 le dieran dos balazos en plena calle y delante de sus propios hijos.

Según él porque llegó vivo al hospital aunque más tarde murió, fueron propinados por Ernesto Asbert era el gobernador de La Habana, y Vidal Morales, senador por Camagüey, en tanto que Eugenio Arias representante a la Cámara. Por este asesinato fueron condenados y recluidos en el Castillo del Príncipe, pero una amnistía los sacó de allí en 1914.

Según el historiador Gerardo Castellanos, en "Panorama histórico" de 1934, asegura que no se pudo probar que Asbert disparara; coincidiendo con el periodista Manuel Cuellar Vizcaíno en su libro Doce muertes famosas de 1957. Sin embargo el tribunal supremo lo condenó, al igual que a Arias, a doce años de privación de libertad. 

Este Ernesto Asbert, que también era coronel y fue gobernador de la Habana en 1908, había servido en el Ejército Libertador las órdenes de Antonio Maceo y Máximo Gómez, terminando la contienda con grados de coronel. En la política republicana abrazó el conservadurismo del Mario García Menocal. Por su parte el abogado Rivas lo mismo, en su caso a las órdenes del mayor general Calixto García Íñiguez. Este llegó a ser jefe de la policía.

Esto demuestra que aquellos mambises ni tan puros ni tan buenos. Que no valía la camaradería manigüera a la hora de rajarle dos tiros a quien fuera. Pero no, estas "tonterías" no se enseñan en los libros de historia en Cuba. Como que probablemente ni los vecinos de esa destartalada maravilla sepan quien carajo vivió ahí. La frase de moda por estos días es el "daño antropológico", y no sabemos si es así en realidad pero sí que va costar dios y ayuda levantar de nuevo una sociedad destruida por seis décadas de castrismo.

Maldita Hemeroteca