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LOS MINUTEROS ...¡¡SONRÍAN!!

Parecería un oficio fácil, pero ser un minutero no lo era en absoluto. // 

La fotografía minutera es un oficio que tuvo su auge entre los años 1880 y 1940. A diferencia de los fotógrafos convencionales que trabajaban en su estudio con tiempo y tranquilidad y en condiciones lumínicas controladas, los minuteros trabajaban al aire libre en medio del bullicio de la ciudad y a unos precios más asequibles.

Así, democratizaron la imagen fotográfica. Los fotógrafos minuteros solían recorrer varios pueblos cargando con su andamiaje técnico. Ofrecían su servicio fotográfico de “un minuto” en los parques o a domicilio.

Muchos fotógrafos que llegaron a tener sus estudios se desempeñaron en un comienzo como minuteros. Se decía que estos fotógrafos se caracterizaban por ser capaces de entregar un retrato terminado en unos pocos minutos, de ahí su nombre.

Aquellos cajones contenían una cámara y un "laboratorio" al mismo tiempo, y en cuestión de minutos revelan y entregan una fotografía en blanco y negro. Nunca existió un fabricante de este tipo de cámaras así que cada fotógrafo construía la suya propia con lo cual cada cámara minutera es única y las fotografías que salen de ella también.

Minutero en Barcelona 

Dependía tanto de la habilidad del fotógrafo como de la disposición del retratado. La pega era que no se podían hacer ampliaciones, sí varias de una misma toma, pero todas del mismo tamaño. Por lo general se congregaban por zonas próximas al Capitolio Nacional. Para un turista era como un premio que estos minuteros le hacían realidad con su vieja cámara y su pequeño laboratorio.

Tenga en cuenta que el Capitolio donde funcionó el congreso cubano. Eran tiempos en que nadie tenía un teléfono con cámara porque no existían sencillamente y por otro lado para el que sí portaba una vieja cámara de rollo le era engorroso hacerse un "selfie tipo familiar". Lo curioso de aquellos minuteros también es que probablemente ninguno había estudiado nada en relación con el arte de la fotografía.

Como dijimos anteriormente, los Minuteros operaban una cámara dentro de una especie caja de madera, que incluía el líquido revelador y el papel. De lo demás se encarga la luz de exposición que en la Habana hay de sobra. Lo demás es puro curiosidad, porque si para un cubano resultaba insólito a la vez que misterioso, imagine entonces para un extranjero.

En cuanto a su creación, se asegura que las primeras cámaras ambulantes con laboratorio integrado aparecieron en Estados Unidos y en Europa a finales del siglo XIX, sobre todo en Madrid y Barcelona. Luego, a principios del siglo XX la técnica se expande a América Latina, especialmente a países como México, Argentina y Cuba, a donde llegó entre los años 1920 y 1930 de ese siglo.

 


TECNICA EN SÍ

En las primeras décadas del siglo XX, existían dos tipos de fotógrafos ambulantes que se distinguían por la técnica empleada. Uno de ellos era el minutero, que utilizaba y utiliza hasta hoy papel para desarrollar el negativo y el positivo; el otro era el «planchero», llamado así por ocupar placas de vidrio —conocidas popularmente como planchas— para desarrollar el negativo.

Si bien en muchos casos compartieron el mismo espacio público, tenían una diferencia esencial: la presencia del laboratorio dentro de la cámara minutera, algo que, finalmente, garantiza hasta hoy la entrega de la fotografía en un breve lapso de tiempo. Los fotógrafos debían ser diestros para manipular, sin mirar, en el reducido espacio del cajón, los adminículos necesarios para revelar y fijar la imagen. 

Mientras estaba en uso, la caja jamás podía ser abierta ya que la luz podría velar y estropear las placas de vidrio o el papel fotosensible. El fotógrafo enfocaba la imagen con un vidrio semitransparente que colocaba al interior del cajón, donde posteriormente pondría el material sensible utilizando una manga negra. 

De acuerdo a las condiciones de luz imperantes, calculaba la apertura del diafragma y la velocidad de exposición y sacaba la tapa negra que estaba sobre el lente. El papel quedaba expuesto a luz y así obtenía un negativo que revelaba y fijaba con los reactivos que estaban al interior del cajón en dos cubetas. Tras el proceso, sacaba el negativo para lavarlo en un tarro con agua adosado a una de las patas del trípode. 

Por último, por medio de un brazo de madera articulado, repetía el procedimiento fotografiando el negativo para obtener la imagen en positivo que, una vez seca, era entregada al cliente. En fin, no podemos ver la fotografía minutera como un simple oficio o de un busca vida, ni siquiera de una mera fotografía, este oficio es parte de la historia de este arte milenario sin ninguna duda.