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| Balneario "La Concha". |
Abierto al servicio público este ferrocarril, días después o sea el 15 de julio del propio año, se reunió allí mismo un grupo de vecinos y de temporadistas, con el objeto de viabilizar la posibilidad de unir por carretera al pueblo de Marianao con la playa de su nombre, que era entonces un modesto caserío, donde sólo existían unas pocas casas de guano ocupadas por familias de pescadores.
De esta reunión surgió la idea de
encomendar al ingeniero señor Sagesbien el estudio de la carretera, redactando este
además, un presupuesto que ascendía a siete mil pesos en oro del cuño español,
procediéndose luego a celebrar una colecta que produjo no más de cuatro mil quinientos
pesos.
Enterado de ello el Marqués de Marianao, decidió contribuir para la realización de
tal utilísima obra, con la cantidad que faltaba para cubrir el presupuesto, iniciándose, en
el acto los trabajos bajo la propia dirección del ingeniero Sagesbien. Las obras quedaron
terminadas quince meses después, pues el 19 de octubre del año siguiente o sea 1864.
Fue puesta al servicio público la nueva carretera, decidiéndose por los organizadores
ofrecer algunos festejos para conmemorar el fausto suceso, los que no pudieron llevarse
a cabo, porque lo impidió un gran temporal de agua que cayó sobre aquel pueblo,
precisamente en aquellos mismos días.
El trazado de la carretera comprendía dos brazos, uno que salía de Marianao por la calle
de Santo Domingo, hoy Luisa Quijano, y el otro que se iniciaba en los Quemados por la
calle de Domínguez, actualmente General Lee, uniéndose ambos en la loma de la
Gomera, cruzando por detrás de donde existe actualmente la Escuela de Aplicación, que
hoy aloja las oficinas del Estado Mayor del Ejército, continuando por frente al antiguo
Cementerio de Marianao, terrenos estos que forman parte del actual Country Club.
Se extendió luego en línea recta por frente a la tenería La Fe, que desapareció cuando
el Ejército cubano construyó su campo de polo, para terminar en la playa, junto a la que
fuera la gran residencia veraniega de la señora Nena Pons de Pérez de la Riva, donde
existía otro fortín, muy semejante también al que vemos todavía en la calle de Marina y
Vapor, frente a la que fuera la vieja Caleta de San Lázaro, rellenada y convertida en lo
que es en la actualidad, por el doctor Carlos Miguel de Céspedes a quien tanto debe la
Habana urbanísticamente.
Conjuntamente con la apertura de la carretera hasta la playa, quedaron establecidos, en
el verano del año 1864, los baños de Don Francisco Tuero, entusiasta catalán que laboró
siempre por el engrandecimiento de aquel lugar.
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| Casetas del balneario. |
El edificio donde se instalaron estos baños tenía sobre doce varas de frente, por siete de fondo, formándose con pencas de palmas, en la parte que daba al mar, el departamento que propiamente constituía los baños, integrado por diez casetas de madera que tenían de superficie nueve metros cuadrados cada una.
Contaban como único mobiliario con dos taburetes de
madera con asiento de cuero, siendo estas casetas, el lugar donde las bañistas
cambiaban el traje de calle, por una trusa, sobre la que se ponían una especie de ropón
de percal, siempre de color rojo, que les cubría hasta más de media pantorrilla.
Cuando
por aquellos alrededores habían hombres, las damas entonces se bañaban dentro de
unas caseticas formadas con yaguas, que era, como dejamos dicho, lo que propiamente
A pesar de su construcción primitiva y modesta, a estos baños concurría la mejor sociedad habanera de la época.
Después de los baños de Tuero, se construyeron otros nombrados de los Mallorquines,
y más tarde, don Emilio Madiedo edificó otros junto a los de Tuero, en dirección al Oeste.
Para dar una idea más clara de los lugares de aquella playa que ocupaban estos baños,
diremos que los de Tuero estaban donde existe hoy el Círculo Militar y Naval.
Los de
Madiedo, donde actualmente se levanta el edificio del Casino Español, y la Glorieta que
construyera la Empresa de los Ferrocarriles Unidos, donde sólo se celebraban bailes y
fiestas, en el mismo lugar donde vemos hoy al Club Náutico. A la izquierda del muelle del Habana Yacht Club, existía una caseta que pertenecía a Mr.
Mac Glin, que desempeñaba en aquellos días el cargo de Administrador General de los
Ferrocarrriles Unidos de la Habana, y donde solo él y la familia, tomaban sus baños en
la temporada de verano.
Existían allí también otros baños conocidos por el nombre del Americano, llamados así,
porque fueron construidos por un individuo nacido en los Estados Unidos.
Durante los días 9 y 10 de septiembre del año 1919, la costa norte de Cuba, desde las
Bahamas al Golfo de México, entre Key West y la Habana, fue azotada por un intenso
huracán que se movió lentamente a unas setenta millas de la costa, dejando sentir sus
vientos con bastante fuerza en las provincias de Santa Clara, Matanzas y la Habana, sin
causar daños de consideración.
Pero el oleaje lanzado sobre el litoral de Cuba, desde
Caibarién a la Habana, fue de una violencia sin precedentes. En el litoral de la Habana
los daños fueron grandes y algunas vidas se perdieron. En el puerto de Key West y
canales y estrechos de la Florida, se perdieron también muchos barcos, entre los cuales
hay que citar el transatlántico de bandera española “Valbanera” que a pesar de
encontrarse a la vista de La Habana, su capitán se alejó de nuestras costas, creyendo
seguramente poderlo capear mejor.
Pero como el “Valbanera” era un barco viejo, fue
juguete del viento que lo arrastró con terrible violencia, perdiéndose en las costas de la
Florida, cerca de Half Moon, sin que logra salvar la vida uno solo de los 573 pasajeros
y 203 tripulantes, entre oficiales y marineros que traía a bordo. El barco, tras intensa
búsqueda, fue localizado porque uno de los mástiles salía sobre la superficie del agua,
encontrándose descansando sobre un banco de arena movediza, pues poco a poco fue
hundiéndose hasta desaparecer.
En este barco regresaban a la Habana varias familias residentes aquí, que habían
pasado en Europa los meses de verano, figurando entre ellos la señora Francisca
Benítez de Pérez, que venía con sus hijos Juan, Carmen y María del Pino a reunirse con
su marido que la esperaba en la Habana, motivando su viaje a Cuba la circunstancia de
actuar como madrina en el matrimonio de su hermano nuestro querido amigo y
compañero José Benítez y Rodríguez, Director de la Estación Radioemisora “La Voz del
Aire”, con la señorita Esther Heyman.
Venía con ellos la señora Isabel Perdigón, viuda de Ezequiel Benítez, hermano también
de nuestro compañero José Benítez, que perdió la vida junto con su señora madre doña
María del Pino Rodríguez de Benítez y una hermana soltera nombrada Carmen, en el
naufragio del trasatlántico español “Príncipe de Asturias”, hundido sobre un banco de
arena en las costas del Brasil, en su viaje de Canarias a Buenos Aires. Este era el primer
viaje que en esa ruta rendía el “Príncipe de Asturias”, barco nuevo, acabado de salir de
los astilleros.
Luis Bay Sevilla
Sección Costumbres cubanas del pasado.
Diario de La Marina (7 febrero 1946).
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