José Lorenzo Morán Losilla, nació en Camagüey el 6 de mayo de 1929. Unos meses antes de concluir 1956 llega a México, repentinamente, procedente de los Estados Unidos, en lujoso auto y con abundante dinero.
(Aparte del núcleo inicial de Moncadistas y otros revolucionarios que se vincularon al Movimiento 26 de Julio tras los sucesos del Moncada, algunos como Camilo Cienfuegos, decididos a tomar parte en los preparativos para la insurrección, llegaron a México por sus propios medios, sin ser enviados por la organización).
Solo así se explica la inclusión de Morán en la expedición, aunque decía ser veterano en la Guerra Civil Española, ex boxeador, además de chofer y mecánico. Se vincula en México a los futuros expedicionarios del Granma (Documentos, 2007), y posteriormente forma parte de la expedición que, bajo el mando de Fidel Castro desembarcó al Sur de Oriente el 2 de diciembre de 1956, con el firme propósito de acabar con la dictadura de Fulgencio Batista.
Tras el desembarco en Cuba y el revés de Alegría de Pio, Morán se dispersó con un grupo de compañeros y llegó a Niquero, donde un campesino lo escondió hasta que el Movimiento “26 de Julio” lo envió de regreso a la Sierra, e integra el Núcleo central del Ejército Rebelde (Guevara; Castro, 1996).
Participa el 17 de enero de 1957 en la primera victoria del Ejército Rebelde, la acción del cuartel La Plata. El Gallego Moran integra el grupo que es comandado por Raúl Castro10, integrado por Ciro Redondo, Efigenio Ameijeiras y Armando Rodríguez. En su Diario de campaña Raúl deja plasmado:
- “… El Gallego Morán ni en medio del combate dejo de refunfuñar, protestaba contra Ameijeiras porque éste disparaba muy cerca de él y los disparos le retumbaban muy fuerte en los oídos; en una oportunidad de esas treguas, improvisó una arenga, enredándose de tal forma que provoco la risa de todos los que lo oyeron” (Castro, 1996).
El 22 de ese propio mes participa en la emboscada rebelde de Llanos del Infierno. Para fines de enero el destacamento guerrillero estableció campamento al pie de una aguada casi en la punta de la Loma de Caracas. Uno de los primeros en percatarse de la verdadera personalidad del Gallego Morán lo fue Ernesto “Che” Guevara, quien al respecto escribió:
;- “Allí recibí una consulta de Manuel Fajardo preguntándome si era posible que perdiéramos la guerra. Nuestra contestación, independientemente de la euforia de alguna victoria, era siempre la misma: que la guerra se ganaba indiscutiblemente. Me explicó que él me preguntaba eso porque el Gallego Morán, le había dicho que no era posible ganar la guerra, que estábamos perdidos y lo había invitado a abandonar la campaña.
Puse en conocimiento de Fidel estos datos pero me encontré con que previsoramente el Gallego Morán le había informado ya a Fidel Castro que estaba haciendo algunos tanteos para probar la moral de la tropa.
Convinimos en que no era el sistema más adecuado este y Fidel dio una pequeña arenga instando una mayor disciplina y explicando los peligros que podía haber si faltaban a ella. Anunció además que tres delitos se castigarían con la pena de muerte: la insubordinación, la deserción y el derrotismo” (Guevara, 16 de abril 1961).
Durante los días siguientes Morán mantiene un comportamiento bastante sospechoso al aprovechar cuanta oportunidad se le presentara para enfermarse. Así sucesivamente lo escribe el Che en su Diario:
- “… continuaba la vida de campaña su curso, el Gallego Morán mostró una infatigable actividad buscando comida y haciendo contacto con los campesinos de los lugares cercanos” (Guevara, 16 de abril 1961).
Posteriormente en otra crónica, el Che, que tras penosa marcha y con ataque de paludismo narra:
- “al llegar a esos lugares nunca se dormía en las casas, pero mi estado y el del famoso Gallego Morán, que siempre encontraba oportunidad de enfermarse, hicieron que nos enviaran a dormir bajo techo mientras la tropa vigilaba en las cercanías” (Guevara, 25 de junio 1961).
La anotación del Che en su Diario, el miércoles 6 de febrero de 1957 es elocuente:
- “… El Gallego Morán está enfermo, mitad enfermedad real y mitad de su teatro inveterado” (Guevara, Castro: 1996). Todo parece indicar que el combate de Altos de Espinosa22 acelera determinación premeditada del Gallego Morán. Una semana después, el miércoles 13 de febrero de 1957, el Che ofrece una nota muy interesante en su Diario:
- “El día estuvo caracterizado por (...) la deserción del Gallego Morán. El mismo que se tragaba la loma y los soldados dejó su equipo y silenciosamente se marchó, aparentemente tras las huellas de Echevarría que había salido a pie para Manzanillo por la mañana” (Guevara, Castro: 1996).
Por su parte, Raúl escribe en su Diario: - “También tuvimos un desertor: el Gallego Morán. Se fue una hora después de Chav. (Echevarría) probablemente trataría de alcanzarlo, meterle algún cuento y tratar de salir con él. Desde hace días su conducta era rarísima y no en otra cosa podía terminar. Si lo agarramos tendrá que vérselas con la pelona”( Guevara, Castro :1996). Dos días después, el viernes 15 de febrero de 1957, el Che comenta otra novedad relacionada con el Gallego Morán, ocurrida ese día:
- “A la hora de comer un riquísimo chilindrón de chivo tuvimos la visita inesperada, el Gallego (Morán) con uno de sus cuentos, había visto a Eutimio (Guerra) cerca del campamento y lo siguió durante todo el día, hasta que se le perdió y no pudo llegar al campamento (…) la verdad de la actitud del Gallego es muy difícil saberla, pero para mí se trata simplemente de una deserción frustrada al no encontrar a Echevarría, a quien presumiblemente pensaba utilizar de guía” ( Guevara, Castro).
El lunes 18 de febrero, se escucha un disparo. El culpable resulta ser José Morán. (Estaba de posta con Ciro Redondo cuando ve acercarse a uno de los hijos de Epifanio, muy conocido para él. No obstante, le da el alto, palanquea la pistola y se pega un tiro en el muslo). Por las circunstancias, el hecho no parece un accidente.
Nadie ha pensado, sin embargo, que resulta muy significativa la coincidencia de que ese supuesto accidente haya ocurrido al día siguiente del ajusticiamiento de Eutimio Guerra. La trayectoria posterior de José Morán permite al menos especular si su traición no databa ya de esa fecha, o antes inclusive. (Guevara, Castro: 1996).
Por otra parte, el Che escribe en su diario:
- “Fidel estaba preparando un manifiesto (…) en ese momento sonó un tiro de pistola y todos nos pusimos a la defensiva, pero enseguida se oyó un grito de no es nada, no es nada y apareció el gallego Morán herido de bala de 45 en una pierna”. (Guevara, 2011).
La posible realidad de las justas especulaciones acerca de la conducta de Morán, no impidió, sin embargo, que el Che le diera los primeros auxilios cuando este se autolesionó. Así lo recuerda el Che:
- “El orificio de salida estaba en el cóndilo extremo del fémur, pero no pude saber la gravedad con que estaba interesado el hueso. Le hice una cura de urgencia, poniéndola penicilina y dejándole la pierna entablillada y estirada” (Guevara, 2011).
Prosigue el Che:
- “En el momento del disparo Raúl y Fidel lo acusaron de habérselo dado adrede. Yo no estoy seguro de una cosa u otra. Ciro Redondo, testigo presencial, asegura que fue casual al precipitarse a detener a un muchacho montado que apareció por allí y que resultó de la casa. Partimos al anochecer pero el Gallego no se podía mover de modo que quedó allí, solo y supongo que con la sensación del poco aprecio que se le tiene.
Celia Sánchez quedó en enviarlo a Manzanillo a una clínica del Movimiento” (Guevara, 2011). El 20 de febrero de 1957, a la una y veinte de la madrugada, la Columna No. 1 “José Martí” abandonó la finca de Epifanio Díaz y ascendió por la vertiente norte de la Sierra Maestra, adentrándose en las montañas.
La tropa marchaba animada por el recuerdo de dos encuentros históricos: el día 17 habían ocurrido la entrevista de Fidel Castro con Herbert Matthews, editorialista de “The New York Times” y la reunión del jefe de la Revolución con la dirección nacional del Movimiento 26 de Julio.
Pero también llevaban la pesadumbre por el ajusticiamiento de Eutimio Guerra, un traidor que intentó asesinar a Fidel y vendió importante información al enemigo que pudo llevar a la guerrilla a su aniquilamiento. Al recordar este hecho, algunos comentaban la sospechosa conducta del Gallego Morán.
En el nuevo lenguaje guerrillero se decía que Morán había “puesto la tercera” (Comisión de Historia, 2008). Y la jefatura decidió dejarlo en la finca de Epifanio Díaz, como último punto relativamente cerca del llano. Allí, el Gallego Morán permanece por varias semanas restableciéndose.
El 27 de abril de 1957, escribe el Che en su diario:
- “Seguimos caminando en dirección a una aguada donde debíamos descansar cuando nos alcanzó Lalo Sardiñas, con la noticia de que traía al Gallego Morán pero que este no daba más con su pierna herida. Fue gente a traer la mercancía y la mochila del Gallego y este nos alcanzó cuando llegábamos a La Aguada en las faldas de la Loma de Joaquín. Enseguida el Gallego expuso su proyecto de un plan tremendo que tenía pero que era super secreto” (Guevara, 2011).
El 29 de abril de 1957, escribe el Che en su diario:
- “Por la noche estuvimos hablando con Fidel; este había escuchado el plan del Gallego (Morán) y lo había aceptado en parte: mandaría al Gallego a México a traer otra expedición con la gente restante y las armas y después iría a los Estados Unidos a recaudar fondos y hacer propaganda. Fue inútil todo lo que yo dijera sobre lo peligroso de mandar un hombre como el Gallego, desertor confeso, de una moral muy baja, intrigante y charlatán y mentiroso al máximo.
Él argumenta que mejor es mandar al Gallego a hacer algo y no dejarlo ir a EE.UU. resentido. Pues lo que quiere el Gallego es ir a EE.UU. y abandonar esto. Donde estuvo de acuerdo conmigo” (Guevara, 2011)
El 1ero. de mayo de 1957, escribe el Che:
- “Se separaron de nosotros tres soldados: el Gallego Morán, Chao que fue licenciado con todos los honores y un estudiante de Santiago que tiene una hernia morrocotuda. Se fueron bajo la dirección del Gallego que después irá a cumplir las misiones encomendadas” (Guevara, 2011).
El Che en crónica escrita posterior al triunfo de la Revolución, es más preciso:
- “La historia posterior de Morán, con su traición y su muerte a manos de los revolucionarios en Guantánamo, indica que muy probablemente se dio el tiro intencionalmente” (Guevara, 9 de julio de 1961). El Gallego Morán parte hacia Manzanillo donde fue escondido en la clínica “La Caridad”, del Dr.René Vallejo.
Allí recibió atención médica y ante la proximidad de un registro le dieron una pistola y lo trasladaron a varias casas hasta su total restablecimiento. Empleaba su tiempo ocioso en leer mucho y escribir un diario. Quienes lo escondieron coinciden en afirmar que se veía desmoralizado, arrepentido de su fugaz pasado guerrillero y con grandes deseos de regresar a los Estados Unidos.
Decía haber tenido un problema con Fidel y que no deseaba saber nada de los alzados. En el tiempo que estuvo en Manzanillo, Morán solicitó en varias ocasiones hablar con Celia
Sánchez para pedirle la devolución de su pasaporte –según decía- y poder regresar a los Estados Unidos, donde afirmaba residir con su familia. Celia dio instrucciones de que no le fuera entregado dicho documento.
A fines de mayo de 1957 Morán conversaba con el revolucionario José Magadán, con el que había estado escondido mientras convalecía, cuando son detenidos por la policía. En el trayecto en automóvil hacia la estación policial, se lanzaron del vehículo y se dieron a la fuga. Magadán logró escapar, pero cuando Morán corría para alejarse del lugar fue sorpresivamente impactado por un ciclista en plena vía pública y, ya en el suelo, pudo ser recapturado.
Poco tiempo después, en junio de 1957, Jacinto Peña vio a Morán transitar libremente por las calles de Manzanillo y le preguntó el motivo de su pronta liberación. Para intentar justificar su traición, (según testimonio de Peña), le narró una historieta hollywoodesca sobre los motivos que le llevaron a prestar servicio a las fuerzas armadas de la tiranía:
- “Pues hijo, estos desgraciaos me detuvieron y condujeron al Moncada en Santiago de Cuba. Allí me amenazaron con torturarme salvajemente si no trabajaba para ellos. También me chantajearon en el sentido de que si no ingresaba en el Servicio de Inteligencia Militar, mi esposa e hijos sufrirían las consecuencias. Así que decidí cuidar la familia y cuidarme yo para poder seguir sirviendo al Movimiento.
De manera que ya sabes, hijo, si acaso necesitáis de mis servicios no vaciléis en acudir a mí. Si me veis en la calle no me saludéis pues casi siempre tras de mí estarán algunos de esos tíos gilipollas para ver quienes se me acercan. Ahora me trasladan para Santiago donde me gustaría veros cada vez que vayáis por allá; así podría brindaros alguna información u otra cosa porque no soy un traidor”.
Desde los primeros momentos, con su especial poder de intuición, Frank País, Jefe Nacional de Acción del Movimiento 26 de Julio, comprendió el potencial peligro que para los miembros
de esa organización significaba José Morán. Por su grave traición ordenó su ajusticiamiento a los compañeros del Movimiento 26 de Julio en Manzanillo, ciudad donde dicho sujeto se encontraba en aquellos momentos.
Ante la dilación en el cumplimiento de la orden expresó su preocupación en varias cartas y advirtió las consecuencias que implicaría tal demora.
En una misiva a los dirigentes del movimiento en Manzanillo, de fecha 19 de junio de 1957, les preguntaba:
- “¿Qué ha pasado con Morán? Todavía no he oído nada”.
El 25 de junio le escribió a Celia Sánchez (Norma):
- “(…) Lo de Morán no tiene ni que aclararse, (…) nada más le queda un camino. No sé qué esperan ustedes. Tienen que ajusticiarlo rápidamente antes que los delate a todos; los va a perjudicar grandemente. No esperen un día más para ajusticiarlo. Lo sentimos mucho, pero ningún militante puede hacer lo que hace él. Tienes que obligar a esa gente de allí a que le arregle cuentas antes que los delate a todos (…)”
Al día siguiente le comunicaba a Fidel Castro (Alejandro)
- “(…) Ahora faltan por ser ajusticiados (…) Así mismo el Gallego que anda armado y acompañado de agentes del SIM por Manzanillo”.
Otra vez, el 27 del mismo mes, le insiste a Celia:
- “Con el Gallego Morán no esperen más: los va a delatar a todos. No me gustan nada sus maniobras y antes de que nos ocurra una desgracia a nosotros más vale que le
ocurra a él”. Y el 5 de julio le escribe a Fidel:
- “Las cosas en Manzanillo no andan muy bien. El Gallego Morán chivateó a todo el movimiento allí; yo se lo advertí a Norma y a Sierra, que aprovecharan que se estaba regalando allí y lo ajusticiaran antes de que hiciera mayor daño. Ahora el daño está hecho (…) Estoy leyendo ahora en el periódico otra ola de detenciones en Manzanillo; toda buena gente. Obra del Gallego Morán.
Dicen que ahora está aquí en Santiago y
que vive en el Moncada, vamos a chequear si es verdad y tirarle un gancho” (Archivo Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado). Tras los muros del cuartel Moncada el primer teniente Manuel de Jesús Casallas Manzo, oficial del Buró para la Represión de Actividades Comunistas (BRAC), estrechaba relaciones de trabajo y amistad con el Gallego Morán.
Con familiaridad Casallas le dijo:
- “Acaban de trasladarme para el escuadrón de Guantánamo y quiero que te vayas para
allá conmigo. Te voy a poner cómodo”. Para entonces las informaciones del traidor habían posibilitado a las fuerzas represivas un
fuerte hostigamiento contra los revolucionarios que había visto en la Sierra Maestra el 17 de febrero de este año: Frank País, Celia Sánchez, Haydée Santamaría, Armando Hart, Vilma Espín…
Mientras, en la Audiencia de Santiago de Cuba el doctor Carlos Olivares, abogado guantanamero y miembro de la dirección municipal del Movimiento en esa ciudad, recibía de
sus colegas una información de interés:
- “Hemos presentado un Habeas Corpus50 para salvarle la vida a un hombre de la Sierra, un hombre que vino en el Granma: el Gallego Morán. Lo han cogido preso y lo tienen
ahí en el Moncada, es lo que se comenta”.
Desconociendo la sucia trayectoria del supuesto revolucionario detenido, y con la idea de salvarle la vida, el doctor Olivares buscó al magistrado de la Sala Tercera e indagó por la
suerte del Gallego Morán. La respuesta le confundió:
- “Dice Casillas que él trae a Morán, pero que no está preso; que sencillamente, es un oficial del ejército y que incluso está trabajando directamente bajo sus órdenes; que
estuvo en la Sierra, pero los servicios que está prestando al régimen son tan valiosos que si él quiere nos lo trae para presentarlo al tribunal que convenga, pero que Morán no está preso”.
Esa misma tarde Casallas llegaba a la Audiencia con un sujeto blanco, de mediana estatura, delgado y pálido, pelo castaño oscuro y de temperamento nervioso. Lo presentó a los abogados interesados en su caso; Morán se identificó y confirmó:
- “No, no estoy preso”.
Vilma Espín trabajaba en uno de los escondites del movimiento, cuando descolgó el teléfono clandestino por el que escuchaba las más comprometedoras conversaciones de los personeros del régimen, previo aviso de una compañera del movimiento que laboraba en la compañía telefónica. Vilma oyó atentamente, Morán anunciaba:
- “…es para decirte que pronto me voy trasladado para Guantánamo”. Días después, en una casa de la calle San Jerónimo, en la capital oriental, Frank País conversaba con Demetrio Montseny Villa (Baca, Álvaro Canseco), jefe de Acción del Movimiento 26 de Julio en Guantánamo: - “Montseny, ese Morán está condenado a muerte por traidor. Ha estado en Manzanillo, La Habana, aquí en Santiago y tengo noticias de que va para Guantánamo”.
- “Despreocúpate Frank, que cuando vaya para allá nosotros nos encargaremos de él” - concluyó el revolucionario guantanamero (Comisión de Historia, 2008). Cinco años después de su ingreso, en 1951, en el Ejército Constitucional por razones económicas, el joven campesino Ángel Luis Barreda Ricardo había alcanzado el grado de cabo y una responsabilidad muy valiosa para el Movimiento 26 de Julio en Guantánamo.
Era miembro del Servicio de Inteligencia Militar y chofer del jefe de ese tenebroso órgano en la
ciudad, el sargento Marcelo Tomás Agüero. Desde el asalto al cuartel Moncada, Barreda comienza a ayudar a los revolucionarios, desde
entonces se convirtió en abastecedor de municiones e informante acerca de las actividades del enemigo. A finales de diciembre de 1956, siendo mediador el miembro del Movimiento 26 de Julio, Aquilino Marcheco, (Chichi), facilita una entrevista de Barreda con Demetrio Montseny Villa.
La entrevista dura una hora. A partir de entonces a Barreda se le asignarían misiones. Nacía así Fernandito, el primer agente de inteligencia y contrainteligencia del Movimiento 26 de Julio dentro de las filas del enemigo en esa ciudad. El propio Marcheco sería su enlace. Un día, le fue confiada una importante misión.
- “Fernandito, hay un traidor al movimiento que vino con Fidel en el Granma. Le dicen el Gallego Morán. Por su culpa muchos compañeros han sido asesinados o están perseguidos o presos. La Revolución lo ha condenado a muerte. Sabemos que está aquí o pronto llegará, pero no lo conocemos. Somos nosotros los que tenemos que hacer cumplir la ley de la Sierra. Con la descripción física que se te dará de ese sujeto, tu misión será identificarlo, ubicarlo y avisarnos. Lo demás corre por cuenta nuestra” (Comisión de Historia, 2008).
En agosto de 1957, el primer teniente Manuel de Jesús Casallas Manzo es trasladado para el cuartel Silverio del Prado del Escuadrón 16 de Guantánamo donde es nombrado jefe del Buró de Represión de Actividades Comunistas (BRAC) y de la Primera Tenencia.
Una mañana Fernandito vio que frente al escuadrón se detuvo el lujoso auto del primer teniente Casallas, quien descendió y subió rápidamente la escalinata del cuartel, le seguía un hombre desconocido: delgado, musculoso, blanco rosado, de mediana estatura, temperamento inquieto, pelo oscuro bajo un sombrero de ala mediana y bigote fino.
Vestía pantalón de caqui
azul, camisa roja de cuadros, botas militares. Como seña particular visible, en la parte interior 10 de ambos antebrazos tenía tatuadas estrellas, lunas, arabescos, una numeración y otros dibujos raros; en la parte exterior del brazo izquierdo, en tinta azul marino, un nombre: José. El físico del recién llegado se correspondía con la descripción que le hicieran del buscado traidor Morán. Para confirmar la identidad de ese hombre, Fernandito le pidió al doctor Olivares:
- “Mire, abogado, mañana a las tres de la tarde lléguese a la cafetería de Hugolino Devesa, en Calixto García y Donato Mármol. Yo voy a entrar con ese individuo al que invitaré con cualquier pretexto, así podrá verlo perfectamente y comprobar si es el que buscan o no’’. Cuando el reloj del doctor Olivares marcaba las tres menos cinco de la tarde, ya sus codos rozaban el mostrador de la cafetería de Hugolino. Pidió café a una joven y hermosa mulata, y se dispuso a esperar.
Sintió los frenos de un jeep y reconoció la voz de Fernandito. Ya junto al mostrador, el militar pidió café y tabacos para él y el hombre que lo acompañaba. Regresan al vehículo que se pierde en las calles de la ciudad. Ya el doctor había reconocido al hombre. Era el mismo que le fue presentado en la Audiencia de Santiago de Cuba. Posteriormente, Fernandito, interesado en asegurarse más de la identidad del Gallego Morán, lo invita a salir juntos a la zona de tolerancia, allí en un burdel le pregunta:
- “Ven acá gaito… “¿Quién coño tú eres? ¿De dónde tú saliste? ¡Carajo, acaba de decírmelo porque me tienes intrigado”! -insistió Fernandito. Y el sujeto, como si hallara, por fin, la seguridad perdida desde su primer acto de traición, le respondió sin titubear:
- “Yo desembarqué en el Granma con Fidel Castro. Me llamo José Lorenzo Morán Losilla. Pero me conocen como el Gallego Morán. Fui boxeador, estuve en la Guerra Civil española, luego en un campo de concentración de donde me escapé…”.
Con la identidad absolutamente confirmada, Fernandito informó al movimiento. Marcheco contacta a José Salgado Suárez (Tato) en la barbería situada en las calles Carreteras y 2 Oeste, donde tiene lugar la entrevista:
- “La misión tuya – le confía Marcheco- será ajusticiar a un traidor, conocido como Gallego Morán. Además, es un chivato indecente. Te acompañarán Mario Ravelo, Moreno, y Conflé, quien les dará cobertura mientras tú y Moreno se echan al gallo. Las armas las recibirán en el momento que salgan para cumplir la orden. Tú sabes ya quién es Fernandito, pues él te presentará a Morán”.
Tato Salgado había empezado a trabajar como camarero de un restaurante picking-chiken en las calles Paseo y Oriente, propiedad de su tío Rolando Suárez. Durante uno de sus turnos de servicio vio que un jeep militar con Fernandito y dos desconocidos se detuvo frente al establecimiento comercial. El revolucionario infiltrado se dirigió a él, mientras sus acompañantes permanecían conversando en la acera junto al vehículo.
- “Oye, estoy buscando a tu hermano” – le dijo el agente.
Salgado comprendió enseguida. Observó que los acompañantes del recién llegado estaban relativamente cerca y le dijo a su interlocutor:
- “Ven para acá para que veas lo que te voy a enseñar; es un nuevo salón donde hay jabón líquido y secadora de aire de presión. Así los clientes se podrán lavar las manos con comodidad…” Y se alejó con él. Lo condujo hasta una especie de reservado donde conversaron.
- “Mira, el hombre que buscas soy yo y no mi hermano. Yo soy el que tiene la misión que tú sabes”.
- “Okey. Mira para allá afuera… no el mulato, sino el blanco que conversa con él. Ese es el tipo. Dice que los fidelistas somos chipriotas, pues como el problema de Chipre es lo que está sonando ahora en la prensa… Quiere que un carpintero, tú papá, le construya un juguetico de estos para su jodedera con las mujeres”.
Y Fernandito extrajo del bolsillo de la camisa de su uniforme un ataúd en miniatura. Con el dedo levantó la tapa y, como un muelle que se liberaba, asomó la imitación de un falo de madera por debajo de la sotana de un cura. - “Está bien” – le contestó Salgado sin sonreír.
- “Acércate para que lo conozcas” – concluyó el agente. Salieron hacia la acera donde el Gallego Morán continuaba su conversación:
- “…estos chipriotas están jodiendo mucho y les vamos a partir los co….”
- “Perdona que te corte, Gallego” – le interrumpió Fernandito- pero mira, este es el señor que te va a hacer el encargo que tú quieres”. Ambos hombres se estrecharon las manos. Segundos después se despidieron. Salgado se quitó el delantal. Salió a la calle y salió en busca de Marcheco:
- “Ya me presentaron al tipo” – le dijo concluyente. Ante sus ojos fueron puestas las armas que serían empleadas en el atentado: tres flamantes pistolas Colt calibre 45, nuevas, pavonadas, recién extraídas de la Base Naval norteamericana por el movimiento; tres cargadores llenos, así como 50 balas adicionales en dos cajas y un bolsito de tela.
Tomó una de las armas en sus manos y mientras la colocaba en la cintura, bajo 12 la camisa, pensó: ¡Tremendo hierro! En los bolsillos del pantalón guardó los proyectiles. Marcheco le señaló que el resto permanecería allí guardado hasta el momento de la acción. Salgado se reunió con el resto del comando. Tras describirles el objetivo, salieron a buscarlo por todos los sitios donde podía estar: cercanías del cuartel, zona de tolerancia, en los ómnibus, por las calles de la ciudad…pero nada.
El Gallego Morán no aparecía. El mes de octubre recorría su segunda mitad cuando una mañana, al romper el día, Morán bajaba las escaleras del cuartel alisándose, presumido, las alas del sombrero. En la acera, Fernandito, fregaba el jeep. Al ver al traidor se adelantó a saludarlo
- “¿Qué dice el Gallego? ¿Dónde vas tan temprano?
- “Na’, voy con una gente ahí a Filipinas para ver el problema de una turbina de agua, de la familia de la mujer de Casallas”. - “Ah, bueno… tú eres buen mecánico.”
- “Pensaba invitarte a cazar”.
- “Que va gaito, no puedo ir aunque quisiera. El jefe va a salir y me dijo que estuviera listo y con el jeep limpio. ¿A qué hora tú piensas regresar?”.
- “Eso es rápido. Creo que dentro de un par de horas”.
Y dicho esto abordó un jeep Willy 57 color azul, cerrado con capota, acabado de llegar. Dentro lo esperaban dos desconocidos. El vehículo arrancó y dobló por la esquina del cuartel buscando la calle Ahogados. Aún no eran las nueve de la mañana cuando Fernandito llegó apurado a casa de Tato Salgado, enfermo en esos momentos con la llamada gripe asiática.
Durante unos minutos, Salgado consideró que el Gallego Morán tendría que retornar por la vieja carretera, y se planteó la posibilidad inmediata de llegar allá. Su tío era dueño de un Buick del año 52 Road Master y se lo pidió prestado “para un asunto personal”. Eloy Vidal alias la Fiera, sería el chofer. Recogió las armas en el establecimiento comercial de Fela Rojas y luego a Mario Ravelo, un mulato aindiado, flaco, de pelo y bigote negrísimo.
Al llegar a casa de Conflé, este alegó no poder ir a la acción por estar con la gripe asiática y sentirse muy mal. Mario Ravelo se quedó entonces con la pistola y las balas destinadas al repentino enfermo, además de las suyas. Ahora tendría doble misión: cumplía su parte en la ejecución del traidor y dar protección a Salgado. La Fiera los dejó cerca del hospital municipal y se retiró.
Desde aquel punto en la calle 8 Oeste, se controlaba el tránsito con Guantánamo y Caimanera por un día, y con Santiago de Cuba por la otra. En el momento preciso que Salgado vigilaba y Mario entraba a una fonda por un pru, por la
carretera apareció un jeep azul del año 57. En el asiento delantero venía el Gallego Morán junto al chofer. Detrás, otro hombre vestido de civil.
El vehículo hizo un intento por detenerse en un establecimiento comercial, pero estaba tan lleno de público, que decidieron adelantar unos metros hasta una bodega-cafetería conocida por “La Siriana”, propiedad de Alfredo Amado, situada en la esquina de calle 8 Oeste y 2 Sur, a un costado del servi-centro del área.
Allí el Gallego Morán descendió del vehículo y se dirigió al mostrador de la cafetería en el exterior de la bodega por un café. Con la vista, Salgado había seguido los movimientos del traidor y rápidamente fue hasta la fonda a buscar a Mario, que ya salía del lugar.
- “Ven, que el tipo está ahí”- le dijo en voz baja. Comenzaron a caminar por la acera opuesta a “La Siriana”. Salgado con gorra de pelotero y Mario con sombrero de yarey. A escasos metros del Gallego Morán, que se encontraba de espaldas a la calle. Salgado le dijo a su compañero.
- “Ese es el tipo. Entra tú primero a la bodega por si hay guardias dentro. Sal por una de las puertas laterales y regresa por la calle 2 para que puedas colocarte a su izquierda, por detrás. Yo te voy a esperar aquí afuera, a la derecha y le haremos fuego cruzado”.
Mario penetró en la bodega donde dos empleados de origen árabe atendían a unos pocos clientes. Salgado se detuvo frente a un billar mientras, de reojo, observaba el recorrido de su compañero quien ya salía por un lateral. En el mostrador de la cafetería, la dependienta servía la humeante infusión. El Gallego Morán la piropeaba.
- “¡Por traidor al Movimiento 26 de Julio!” –resonó una voz firme e inesperada a sus espaldas que le dejó petrificado. Ya Mario estaba cerca de él y apretó el disparador de su pistola. El sombrero del Gallego Morán voló por el aire. El revolucionario oyó los estampidos y sintió cómo las balas salían una tras otra y se clavaban en el cuerpo de Morán. La rápida descarga apenas le permitió ver el momento en que el Gallego Morán recibía la andanada mortal.
Mario avanzó hacia el traidor como impidiendo que este aun mortalmente herido, intentara escapar. A Salgado, los primeros disparos de su compañero lo devolvieron a la realidad y al instante, abrió fuego contra su objetivo. Ya Mario Ravelo había guardado la primera pistola, con extraordinaria rapidez extrajo la que llevaba en la cintura, la rastrilló y retrocedió unos pasos hacia el centro de la calle, para dar protección a Salgado que continuaba disparando contra el traidor.
En un último gesto, el Gallego Morán extrajo de su cintura una pistola Walter P-38, se volteó hacía la derecha, pero Mario acaba de ultimarlo, con los disparos de su arma. En medio de violentas convulsiones, el Gallego Morán cayó sobre un charco de sangre. A la diez de la mañana del 24 de octubre de 1957, el Movimiento 26 de Julio en Guantánamo cumplió la orden dada por Frank País, antes de caer asesinado, se hizo efectiva así, la ley de la Sierra: el traidor José Morán fue ajusticiado (Comisión de Historia, 2008).
El 4 de noviembre de ese año, en carta a Fidel desde Santiago de Cuba, René Ramos Latour, en su condición de jefe de Acción, le informaba:
- “Durante la semana que teníamos señalada en el Programa de Acción para la Justicia Revolucionaria, fueron muertos nueve chivatos, entre ellos, el Gallego Morán (este en
Guantánamo) que terminó ya su carrera de cobardía y traición”. (Archivo de la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado).
Tomado de: Comisión de Historia de la Columna No. 20 “Gustavo Fraga. En la línea del fuego. Casa Editorial Verde Olivo, 2008.
