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| Saqueos y vandalismo en la Habana. // |
Las proféticas palabras del brigadier Gerardo Machado poco antes de salir en avión hacia Bahamas se cumplían: "Después de mí el caos".
Unas horas antes del venidero año 1959, Fulgencio Batista, su esposa Marta y su hijo Jorge, junto a varios de los más altos integrantes de su régimen, se dirigieron al aeropuerto militar de Columbia donde esperaban tres aviones del ejercito.
Cuando recibieron las noticias de que los rebeldes avanzaban imparables hacia La Habana, la comitiva, unas cuarenta personas, entre ellos el primer ministro en funciones Gonzalo Güell y el primer ministro electo, Andrés Rivero Agüero, se pusieron rumbo hacia Santo Domingo, la república Dominicana.
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A las 8 de la mañana Ranfis Trujillo, primogénito del dictador Leónidas Trujillo, les recibió en la Base Militar San Isidro, en ciudad Trujillo. Mientras tanto en Cuba, el general Eulogio Cantillo Porras, convertido en la máxima autoridad, debió nombrar al vice presidente Rafael Guas Inclán.
Inclán ya había renunciado a su cargo hacía unas semanas para presentarse a la alcaldía de La Habana, a la que fue electo sin haber tomado posesión del cargo. Esa fue la excusa para no asumir la presidencia. El siguiente en la lista era el presidente del Congreso, Anselmo Alliegro y Milá, quien fue considerado presidente provisional muy a su pesar.
Mientras tanto, los últimos reductos de Santa Clara se rendían ante las fuerzas del guerrillero Ernesto Guevara, que fiel a su estilo ordenó varias ejecuciones sumarias, entre ellas la de los coroneles Joaquín Casillas Lumpuy y Leovigildo Fernández Suero, a raíz de que el regimiento "Leoncio Vidal Caro" se rindiera en masa unas horas antes.
“A mí me han preguntado algunas personas si yo pensaba, cuando lo del Moncada (1953), como pienso hoy. Yo les he dicho que pensaba muy parecido a como pienso hoy. Ésa es la verdad... Lo digo aquí con entera satisfacción y con entera confianza, soy marxista leninista y seré marxista leninista hasta el último día de mi vida”.
Totalmente cierto, ni restauración de la constitución de 1940 que había sido pisoteada, ni elecciones libres y democráticas como había prometido. Al contrario, nunca hubo en esa isla más presos políticos, asesinatos y derechos violados que con el Castrismo. Todo era una farsa de aquel traidor que nos convirtió en la nación más pobre y deshecha de todo el hemisferio, con el triste balance de 25 mil muertos, y aproximadamente tres millones de exiliados.
Anselmo Alliegro tomó un avión con destino a Nueva York, y el general Cantillo instó a asumir la presidencia provisional al presidente de la Cámara de Representantes en ese momento, Gastón Godoy, que se negó a aceptarla. Cantillo se vio entonces obligado al abogado más antiguo del Tribunal Supremo, Carlos Manuel Piedra, que aceptó el cargo a las nueve de la mañana y por cierto, con el beneplácito de los Estados Unidos.
DECRETO DEL ALTO AL FUEGO
Sin embargo, ningún miembro del Tribunal Supremo se presentó en el palacio presidencial para tomarle juramento, así que a las dos de la tarde Piedra renunciaba a la presidencia.
Al mismo tiempo, la guarnición de Santiago de Cuba se rendía y la ciudad fue declarada por los rebeldes capital provisional del país.
Fidel Castro delegaba en Manuel Urrutia Lleó que, según él, era elegido por "decisión popular", cuando en realidad no era cierto. Un plan se tramaba en la clandestinidad. Algo que conducía a un destino absolutamente contrario a lo acordado con otros grupos revolucionarios que pelearon a la dictadura.
Fue una maniobra política de cara a los Estados Unidos, que ya habían enviado dos destructores hacia aguas cubanas. Lo había elegido porque, siendo cristiano, liberal y moderado, sería del agrado de Washington, como así fue. Urrutia nombró un gobierno donde el catedrático e hijo del general del ejercito libertador José Miró Argenter, el doctor José Miró Cardona, sería su primer ministro.
Comenzaba en Cuba una etapa gris como nunca en su historia, donde el "PAREDÓN" (fusilamiento) se convirtió en la palabra de moda. Concretamente diez oficiales del ejercito constitucional fueron los primeros ejecutados en Santiago de Cuba. Aquella espiral de sangre se saldó diez días después con 71 colaboradores más del anterior régimen.
Mientras tanto la Habana, como siempre sucedía en estos casos, era presa del saqueo y el vandalismo de los más oportunistas, sin imaginar siquiera lo que les esperaba en realidad, serían los testigos de la más longeva y represiva dictadura familiar que al poco tiempo después, se quitaba definitivamente su máscara ante las cámaras de televisión:
Fueron fusilados en el campo de tiro de la loma de San Juan, el mismo escenario de una de las batalla más sangrientas de la guerra hispano estadounidense, y de la cual el periodista Antonio Llano Montes, de la revista Carteles, fue testigo de que algunos de aquellos ejecutados se encontraban aún con vida en el momento en que fueron enterrados en una zanja común.
Hoy en Cuba no hay nada que celebrar.
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