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LA HISTORIA DE LONGINA Y EL COMANDANTE MAMBÍ.

André llegó al extremo de ofender la hombría de Gerardo Machado y el mocho de Camajuaní "le pasó la cuenta".// 

En el anterior post tratamos el tema de la bomba colocada a Valeriano Weyler en la capitanía general de la Habana, los duelos y el posterior asesinato del comandante mambí, periodista y político conservador, Armando André Alvarado. 

En esta ocasión su protagonismo va ligado a la cultura, en concreto la música cubana. Resulta que la mañana del domingo ocho de octubre de 1918, André se fue a visitar a la compositora María Teresa Vera que vivía en la cuartería, o solar, de nombre "Las Maravillas", situado en la calle San Lázaro en la Habana. Al parecer André estaba interesado en un agasajo musical.

Las reseñas periodísticas de la época apuntan a que allí se encontró con el también compositor Manuel Corona, que pese a su gran talento musical era un alcohólico empedernido. André le encargó un canción para su pareja, una despampanante mulata natural de Madruga que casi siempre le acompañaba.
Longina

Corona preguntó el nombre de la joven, Longina Ó Farril le dijo el comandante, y así fue como surgió el famoso tema "Longina Seductora" que fue estrenado un 15 de octubre de 1918. André la había conocido en las tertulias musicales del Parque Central, y debió surgir el amor inmediatamente.

Tambien como un punto coincidente pudo ser que Longina, empleada de hogar en la calle San Francisco No. 24, había viajado a New York acompañando a la señora de la casa que se encontraba enferma de los pulmones. Incluso le acompañó varios años en los Estados Unidos como nana de -nada mas y nada menos- el comunista asesinado en México Julio Antonio Mella.

Pero prueba de la belleza de Longina se puede encontrar en una crónica publicada en 1950 en el diario El Nacional de Caracas, donde el poeta Nicolás Guillén relata su reencuentro con esta señora. «Hace 30 años era una mujer de cuerpo flexible, negra, de altos senos y ojos relampagueantes. Hoy ha engordado, naturalmente, y la mirada brilla menos, pues los años no pasan en vano. Pero todavía da pruebas de que fue lo que fue.»

Habían pasado ya un cuarto de siglo de la muerte de su enamorado mambí, y Longina vivía entonces agregada con unos familiares en un cuarto en la calle Carmen. Pasó sus últimos días en un asilo de ancianos que estaba situado en la esquina de las calles Reina y Escobar, aunque falleció en un pabellón de enfermos del hospital Calixto García.


TERCERA PARTE: 
FIN