LA ACUSACIÓN DE CHIBÁS
El domingo 7 de abril, en su popular espacio dominical, el líder del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), senador Eduardo Chibás, acusó al presidente de la FEU, Manolo Castro, de desviar la acción de la Policía en dos ocasiones al impedir que los testigos presentes en el Bar Criollo el día de los hechos formularan declaraciones.
Según Chibás, eso demostraba su amistad con los autores. Manolo no respondió, pero el 11 de abril la FEU publicó una declaración firmada por todos los presidentes de escuelas dándole su apoyo. En el escrito señalaban algo cierto: al producirse el tiroteo Manolo no estaba presente.
En el programa siguiente Chibas ratificó su denuncia. » El Acusador Particular En la Ley de Enjuiciamiento Criminal vigente en Cuba hasta 1973, la LECRIM, como la llamaba el emérito profesor de Derecho Procesal Penal de la Universidad de La Habana, Aldo Prieto Morales, existía la figura jurídica del Acusador Particular.
La familia Dupotey, conociendo la influencia y las relaciones de los implicados, contrató los servicios del abogado y senador de la República, Pelayo Cuervo Navarro, para actuar en calidad de Acusador Particular en la causa. En la oficina de Cuervo laboraba en calidad de Procurador (auxiliar de abogado) Andrés Pintado Gromina.
En una de sus visitas al tribunal, a la salida lo acecharon Soto Carmenate y Alfredo Aguerrebere: «No sigan jodiendo con la acusación o correrán la suerte de Noroña» —le dijeron.8 » La intervención de Salabarría Forjado en las luchas revolucionarias, Mario Salabarría tenía por costumbre ayudar a sus amigos cuando lo necesitaban.
En su etapa insurreccional vio morir a muchos de sus compañeros: Rubierita, Casimiro Menéndez, el guajiro Castells y otros más. Manolo y Eufemio eran sus amigos. Tenía que ayudarlos. Con ese propósito visitó al juez de Instrucción de la sección cuarta, Dr Riera Medina, quien tenía a su cargo la causa por la muerte de Dupotey.
Quería explorar las posibilidades de un sobreseimiento de las actuaciones. Los encartados tenían a su favor el silencio de los testigos. Riera le dijo que tan importante como el silencio de los testigos era el de la prensa y añadió que se debía esperar a que los medios informativos «bajaran el tono». No quería ser crucificado.
El chivo expiatorio El primer intento de desviar la atención de la prensa fue buscar a un chivo expiatorio. Se pensó en el comandante Pablo González Arósteguí, jefe de la Sección de Turismo de la Policía Nacional, quien estuvo de acuerdo, pues le gustaba ser considerado «un hombre de acción». González era esposo de Tatica, una sobrina de la Primera Dama que padecía de un leve retraso mental. Aróstegui la maltrataba.
Un día la queja llegó al tercer piso del Palacio Presidencial. A la mañana siguiente fue visitado por dos individuos que sin hacer preguntas ni dar los buenos días, lo arrojaron vestido de completo uniforme a la piscina de su casa. Antes de marcharse le dijeron: «La próxima vez te tiramos con la piscina vacía».10 Pero el plan no resultó.
El rumor se echó a rodar, pero era vox populi que Aróstegui, aunque abusaba de su esposa, en realidad no mataba ni a una mosca. » Dos pájaros de un robo En búsqueda de una solución alternativa, Salabarría visitó a su amigo José Manuel Alemán, el corrupto ministro de Educación que hizo fortuna malversando caudales públicos.
Alemán daba apoyo económico a la Legión Revolucionaria de Cuba, grupo del que Salabarría era su líder principal, y al Movimiento Socialista Revolucionario (MSR), dirigido por Rolando Masferrer. La reunión tuvo lugar en la finca América, propiedad de Alemán, en el pueblo de Calabazar. Del encuentro brotó la idea de robar el diamante del Capitolio, un hecho que provocaría un escándalo capaz de desviar la atención de la prensa sobre el caso Dupotey.
Por otra parte, para Alemán sería una excelente oportunidad de echar lodo sobre el Congreso, institución por la que sentía enorme desprecio, en especial por su Presidente, Miguel Suárez Fernández. De esa manera "se matarían dos pájaros de un robo".
EL GALLEGO GARCÍA
El robo se realizó en tiempo récord y contó con los tres elementos más importantes para, según Napoleón, ganar una guerra: dinero, dinero y más dinero. Salabarría buscó al autor material: el Gallego García, un ladrón de manos de seda experto en cajas fuertes.
En la lucha contra Batista Mario había guardado prisión más de una vez en el Castillo del Príncipe, donde este gallego era el recluso a cargo de la zapatería. Moviendo sus contactos en el bajo mundo pudo localizarlo. Al principio García desconfió del jefe policial. «Mario, yo estoy retirado» —le dijo. Pero rectificó tras escuchar la tentadora oferta.12 » El Manquito La operación contó con la complicidad de los custodios del Capitolio.
Para ello fue necesario sobornar al teniente Abelardo Fernández el Manquito, jefe de la Policía del Ministerio de Educación, organismo patrocinador de la exposición en el Salón de los Pasos Perdidos y responsable de la custodia de las obras de arte exhibidas, propiedad del ministerio. Oriundo de la barriada del Vedado, Abelardo Fernández se había iniciado como revolucionario en las luchas contra la dictadura de Machado.
Después apoyó el gobierno de Grau-Guiteras y tras el golpe de Batista se unió a la organización Joven Cuba, dirigida por Guiteras. Luego del triunfo electoral de Grau en junio de 1944 se había desviado hacia el gansterismo. Del Capitolio al Palacio Presidencial El robo de la joya cumplió sus objetivos: el asesinato de Dupotey pasó a un segundo plano en los medios informativos para dar espacio al escándalo del Capitolio. La causa criminal fue sobreseída.
El presidente del Senado, Miguel Suárez Fernández, recibió fuertes críticas del presidente Grau y de la prensa; lo cual perjudicó en buena medida sus aspiraciones a ser escogido como el candidato presidencial por el Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), en los comicios de 1948. Carlos Prío Socarrás resultó ser el seleccionado. Transcurridos 15 meses, el 2 de junio de 1947, Grau encontró el diamante en su mesa de trabajo y citó a Palacio a importantes figuras de su gobierno.
A las dos de la tarde estaban en su despacho el senador Carlos Prío; el presidente del Senado, Miguel Suárez Fernández; el senador por la provincia de Oriente Caíñas Milanés; el presidente del Partido Republicano, Guillermo Alonso Pujol; el ministro de Gobernación, Alejo Cossío del Pino y los de Justicia y Salubridad; así como el juez de instrucción de la Sección Segunda, Arturo Hevia, instructor de la causa 295/46, radicada al efecto del robo.
«Señores —dijo Grau— los he citado para que sean testigos de la entrega que voy a hacer de un diamante que he recibido de forma anónima y que, según parece, es el mismo que fue sustraído hace algún tiempo del Capitolio Nacional. Lo entrego al Dr. Hevia».
El brillante estaba en un sobre amarillo. En un evidente regaño a Suárez Fernández, agregó:
«Supongo que el juez lo entrgará al Presidente del Senado, que se encuentra entre nosotros, para que lo reintegre a su lugar con mayores seguridades a fin de que no vuelva a desaparecer».
Un periodista preguntó cómo había llegado a su despacho. «En forma anónima», respondió. Ante una pregunta similar, reiteró:
«Ya he dicho que lo recibí en forma anónima, y eso es todo. Es como si a uno le dijeran: levante ese papel que va a encontrar algo debajo. Y efectivamente, aparece el brillante». La joya fue revisada por los presentes. El senador Caiñas Milanés argumentó que le parecía más clara que la del Capitolio. Entonces Grau le dijo al juez: “Bueno, doctor, si no es la del Capitolio me la devuelve, pues fue a mí a quien se la enviaron»
EL RECORRIDO DE LA GEMA
El brillante lo depositó Pablo González Aróstegui en la mesa de trabajo de Grau. Su vínculo con la familia de Grau le daba acceso —sin levantar sospechas— al tercer piso de Palacio. Concluido el robo, el gallego García entregó la joya a Mario Salabarría, quien a su vez se la dio, en la finca América, a José Manuel Alemán.
Por su parte, Alemán se la entregó en calidad de depósito a uno de sus hombres de confianza, Carlos Arazosa (a) el Chino Arazosa, quien más tarde fuera nombrado Ministro de Educación. Transcurrido un año, Alemán determinó devolver el brillante y ordenó al chino Arazosa su entrega a González Aróstegui para que lo colocara en el despacho de Grau. El sagaz Presidente sospechó de él y por un largo tiempo le prohibió la entrada a Palacio.
Tomado de Espacio Laical
NOTA: El comandante Morín Dopico falleció en La Habana a fines de los 80, y por la misma época su hija Miriam abandonó el país.Cucú Hernández Vega fue ultimado en julio del 48 en el consulado cubano de Ciudad de México. Roberto Meoqui murió en el sanatorio antituberculoso de La Esperanza, en 1950. El Turquito, en 1951, escapó del Castillo del Príncipe, donde guardaba prisión, en una fuga espectacular protagonizada por Policarpo Soler y dirigida, desde fuera, por El Colorado.En febrero de 1955, fuerzas comandadas por el teniente coronel Lutgardo Martín Pérez abatieron a El Colorado en la casa marcada con el número 211 de la calle Durege, en la barriada habanera de Santos Suárez. El general Querejeta murió, ya nonagenario, en La Habana, en 1984. Mario Salabarría, sentenciado a treinta años de prisión, salió del Presidio Modelo de Isla de Pinos después del triunfo de la Revolución, sin que llegara a cumplir íntegramente su condena.En 1963 fue detenido de nuevo por su participación probada en un atentado frustrado contra la vida del Comandante en Jefe Fidel Castro, y que llevaría a cabo en la Plaza de la Revolución, el 26 de julio de ese año. Consiguió otra vez su excarcelación anticipada y salió del país. Falleció en Estados Unidos en abril del 2004. Emilio Tro es una leyenda.
